Columnistas

El misterio de la identidad colectiva

La Razón (Edición Impresa) / Tribuna - Enric González

00:00 / 18 de noviembre de 2018

Asumimos como más o menos ciertos determinados tópicos sobre determinadas sociedades. Deben de ser pocos, por ejemplo, los que atribuyen a la comunidad alemana un gran talento para el humor, o los que consideran que el espíritu eslavo es inmune a la melancolía. Hay miles de chistes sobre este asunto, que en parte se basa en ficciones y refritos de la historia: la construcción de lo que en términos decimonónicos se denomina “identidad nacional”.

Otra cosa es tratar de medir, de forma metódica, las características dominantes en tal sociedad o tal otra. Eso es difícil. Lo intentó a partir de 1967 un hombre llamado Geert Hofstede, a quien la multinacional IBM encargó la misión de definir cómo eran sus empleados en cada rincón del planeta. Hofstede realizó una minuciosa encuesta interna a partir de ciertos criterios básicos: más propensión al individualismo o, al contrario, al colectivismo; solidez o fragilidad de la jerarquía social; apego al riesgo o a la seguridad... Sus conclusiones, que asumen, como es lógico, muchas excepciones (cada persona es un mundo), se han utilizado durante décadas en las negociaciones internacionales, en la publicidad e incluso en el ámbito académico. La afición asiática por la ceremonia, la necesidad anglosajona de resultados concretos...

Lo que hizo Hofstede resultó útil, pero no puede considerarse científico. Para empezar, su muestreo se limitó al personal de una empresa tan característica como IBM y se realizó en una época concreta. Sus datos procedían casi completamente de hombres, en su mayoría de raza blanca, bien remunerados y con un nivel de conocimientos superior a la media. Además de ese defecto, sus críticos subrayan que las sociedades tienden a una mutación continua, por causas muy diversas. Es hasta cierto punto comprobable que cuando sube el nivel colectivo de riqueza, aumenta el individualismo; y que un cambio en las circunstancias climáticas altera las relaciones sociales: un clima severo favorece el colectivismo, mientras que un clima benigno favorece la iniciativa personal. Incluso lo que se considera el cimiento de una sociedad, el tipo de familia (nuclear o tribal), que sociólogos como Emma­nuel Todd emplean a modo de brújula para predecir la evolución del mundo, es susceptible de cambio según las circunstancias.

Las migraciones demuestran la maleabilidad de las identidades colectivas. Los descendientes de escandinavos en Minnesota y Wisconsin siguen sometiéndose a la costumbre folklórica de comer de vez en cuando el terrible lutefisk (no pregunten qué es: si lo encuentran, evítenlo); pero ni sus ideas ni su comportamiento mantienen parentesco alguno con los orígenes noruegos. Cambian las circunstancias, cambian las identidades.

Dicho esto, permitan que recurra a mi modesta experiencia personal para señalar una excepción asombrosa. Los argentinos se sienten completamente argentinos, no cabe duda. Sus condiciones geográficas son únicas. Su pasado es único. Su capital es una ciudad inmensa, ruidosa, fascinante. Pero uno camina entre los rascacielos de Buenos Aires, habla con los porteños y percibe las mismas sensaciones que en las callejuelas napolitanas: la música de las voces, los giros de la conversación, el brillo juguetón de los ojos, la combinación imposible de fe y escepticismo radical, el caos sistematizado, la alegría de vivir en pleno desastre. Creo que, por razones que no puedo explicar, existe una identidad que cruzó un océano y cambió de hemisferio y, en lo esencial, se mantuvo intacta.

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