Columnistas

La mitificación del votante

Opinólogos y analistas tienden a dar por existentes a dos tipos de votantes en el escenario político actual

La Razón (Edición Impresa) / Carlos Ernesto Ichuta Nina

00:37 / 21 de agosto de 2014

El periodo electoral que vive el país se presenta como un terreno fértil para que opinólogos y analistas acostumbrados a levantar la voz por los silenciosos votantes expongan sus pareceres en forma de elucubraciones, en la medida en que su voz no depende de un contacto directo con los sujetos que son objeto de sus ingeniosas o aberrantes suposiciones.

Y es que más allá de las complejas motivaciones electorales de los más de cinco millones de electores bolivianos, opinólogos y analistas tienden a dar por existentes a dos tipos de votantes en el escenario político actual. Por un lado, un tipo de votante que en estas semanas previas a la elección se estaría dando a la tarea de analizar los programas de los partidos y a sopesar las alternativas para expresar un voto suficientemente razonado. Por otro, y a partir de la consideración de la hegemonía masista, opinólogos y analistas suponen la existencia de un votante cuyo comportamiento sería inercial respecto de esa hegemonía, por lo que este votante no razonaría su voto, debido a un afecto hacia dicha opción política.

Traducido en términos científicos, esos tipos de votantes se parecen mucho a aquellos electores racionales e irracionales que en la literatura del comportamiento electoral aparecieron en los años 50 generando controversia. De hecho, esos tipos de votantes rompen con el postulado esencial del análisis del comportamiento electoral, según el cual la conducta del votante sería el fenómeno político más complejo e impredecible, motivo por el cual sus estudiosos hicieron correr demasiada tinta sin lograr dar respuestas definitivas.

Además, las construcciones imaginarias de nuestros opinólogos y analistas mitifican al votante, invitando a hacer inútil cualquier explicación profunda. Ya que de ser posible la existencia de un votante racional, ninguna encuesta que da por anticipada a la opción oficialista como victoriosa mostraría sus datos; supondría la condición adecuada para la expresión de un voto volátil, que no se correspondería con la experiencia electoral reciente; es más, un votante racional referiría la existencia de un escenario de agitación política en el cual ningún candidato se daría por ganador. Al contrario, de ser posible la existencia de un votante irracional, ninguna encuesta registraría un segundo o tercer lugar, o una segunda o tercera preferencia; supondría la condición adecuada para la consolidación de un sistema de partido hegemónico en el que la oposición ya no tendría nada que hacer; un votante irracional propiciaría así el inmovilismo político por la presencia de un indiscutible vencedor.

La realidad no coincide plenamente con ninguno de esos escenarios, pues, a pesar de su fragmentación, la oposición encuentra incentivos no solo en la existencia de indecisos, sino también en los propios votantes duros, a los cuales van dirigidas sus estrategias de campaña. Del mismo modo, en la medida en que la competencia electoral supone un mercado de ofertas políticas, la opción oficialista encuentra incentivos para afirmar el voto de sus bastiones y para convencer a los indecisos, compartiendo así una misión con la oposición, merced a lo cual desde hace algunos días se viene hablando de una mal llamada “guerra sucia”.

Tal escenario, siempre movedizo, despista y confunde a los propios analistas y opinólogos. Pero el problema no deriva únicamente de la facilidad que estos encuentran para hablar de un objeto del cual cualquiera tiende a apropiarse, sino también deriva de una disciplina, la del comportamiento electoral, poco desarrollada en el país, ajena a los grandes debates producidos en el mundo, deficientemente trabajada en la academia y monopolizada por los estudios de geografía electoral.

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