Columnistas

El mito de la batalla de Ayacucho

La más importante batalla de la Guerra de la Independencia hispanoamericana fue sólo una comedia

La Razón (Edición Impresa) / Ramiro Prudencio Lizón

00:15 / 18 de diciembre de 2013

En este mes se ha celebrado un nuevo aniversario de la batalla de Ayacucho efectuada el 9 de diciembre de 1824, entre las fuerzas realistas dirigidas por el propio virrey del Perú, José de La Serna, y las huestes patriotas, comandadas por el lugarteniente del Libertador, el general José Antonio de Sucre. Las fuerzas realistas estaban situadas en las alturas del cerro Condorcunca, mientras que las patriotas ocupaban la llanura de Ayacucho. Evidentemente, las primeras tenían de su parte una gran ventaja estratégica, además, eran muy superiores en número. Pero Sucre estaba plenamente confiado en el triunfo y, en efecto, luego de corto tiempo, no más de tres horas, todo el ejército realista, comenzando por el virrey, se rindió al vencedor. Como dijo el parte de guerra, la derrota realista fue “completa y absoluta”.

Han pasado 189 años de tan hermoso acontecimiento y es hora de que nos preguntemos si verdaderamente hubo tan gran combate o si todo estuvo arreglado de antemano.

Para ello hay que tomar en cuenta que el general Sucre no sólo era un gran guerrero, sino también un extraordinario diplomático. Y bien pudo haber negociado con La Serna antes de la batalla. Hay indicios muy importantes que pueden certificar este postulado. Primeramente, el curioso hecho de que antes de que se iniciara la contienda, se determinó que 80 miembros de cada ejército, que estaban emparentados entre sí, cruzasen la línea que dividía a las dos huestes, y se abrazaran efusivamente con el pariente correspondiente. Como cuenta el general Ramallo, “entre ellos estaba el teniente coronel Pedro Blanco, que más tarde fue presidente de Bolivia, y que deseaba abrazar a otro Blanco, hermano suyo, jefe de un cuerpo de caballería española. El brigadier Antonio Tur pasó también a ver a su hermano y todos se abrazaron derramando lágrimas”.

Como se puede observar, es inimaginable que después de tan efusivos y emotivos abrazos delante de los dos ejércitos, hubiese deseos de combatir a un enemigo reconocido como hermano. Además, es inexplicable que todo el ejército realista se rindiese, comenzando por el virrey y su estado mayor, sin haber procurado efectuar una retirada hacia el Cuzco. Y para culminar, se tiene la generosísima Capitulación de Ayacucho, por medio de la cual se garantizaba la vida, libertad y bienes de todos los realistas que aceptaran dicho acuerdo y se comprometieran a no volver a tomar las armas. Más todavía, el gobierno peruano se obligó hasta pagar los pasajes de quienes deseaban retornar a España con sus enseres. Queda todavía un último punto que destacar, la felicitación del jefe del estado mayor del ejército realista, José Canterac, al propio Libertador Bolívar, donde le expresa: “Como comandante de la gloria, aunque vencido, no puedo menos que felicitar a V. E. por haber terminado su empresa en el Perú con la jornada de Ayacucho” (sic).

De todo ello se puede inferir que Sucre y La Serna pactaron con antelación la capitulación de Ayacucho; y la mayor prueba es que el secretario de Sucre, el arequipeño José María Rey de Castro, asistió a la batalla al lado del virrey. Seguramente, ese secretario hubo negociado el célebre documento que dio fin a la larga guerra de la independencia sudamericana.

Cabe la pregunta, si todo se arregló de antemano, ¿por qué se dio la batalla?  Pues, porque los españoles no habrían podido volver a España sin haber sido tachados de cobardes o de traidores. Así que tuvo que realizarse un simulacro de combate, para contentar al rey peninsular; simulacro que lamentablemente costó centenares de bajas en los dos lados. Mucho más, naturalmente, del bando realista.

En consecuencia, la más importante batalla de la Guerra de la Independencia hispanoamericana fue sólo una comedia. Pero una comedia trascendental, porque dio fin a una guerra de quince años de duración. Más todavía, culminó con el odio entre peninsulares y criollos, y dio lugar a que los realistas que se quedaron en el continente pudieran integrarse plenamente a los países recientemente libertados por el gran día de Ayacucho.

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