Columnistas

Dos modelos en América del Sur

El país necesita sumar apoyos sustantivos y vinculantes de gobiernos, antes que de personalidades.

La Razón (Edición impresa) / Horst Grebe

00:51 / 26 de mayo de 2013

Varios hechos recientes ponen de manifiesto, de una manera muy clara, la vigencia en América del Sur de dos modelos de orientación ideológica, objetivos de política económica y enfoques de inserción internacional, los cuales se expresan en la Alianza del Pacífico, por una parte, y en el Mercosur ampliado, por la otra. En el primer caso, el rasgo primordial que caracteriza a los socios de la Alianza del Pacífico, donde ahora se ha incorporado también Costa Rica, consiste en la existencia de un tratado de libre comercio con EEUU, el cual condiciona significativamente los márgenes de libertad de sus estrategias económicas, la apertura de su comercio exterior y el tratamiento de la inversión extranjera. En los hechos, este mecanismo es en lo que ha terminado el proyecto del Área de Libre Comercio de las Américas (Alca), que impulsaba EEUU.

En los países del Mercosur, donde gestionan su incorporación Bolivia, Ecuador y Venezuela, rigen orientaciones y enfoques completamente diferentes: ideologías nacionalistas, fuerte presencia del Estado en la economía, restricciones a la inversión extranjera y proteccionismo de la producción y las empresas nacionales. Al espacio asimétrico que constituyeron los cuatro países fundadores (Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay) se suman ahora los países bolivarianos con sus propias peculiaridades.

Resulta difícil que, bajo tales condiciones, se pueda concertar una posición latinoamericana común ante los foros internacionales y las otras regiones del mundo. En los temas globales (cambio climático, energía, migraciones y narcotráfico, entre otros) es más probable que el Mercosur ampliado, bajo el liderazgo brasileño, pueda articular intereses y posiciones comunes con los países de Asia y África, lo cual no es un dato menor en términos de número de votos en los foros multilaterales. No hay que olvidar, sin embargo, que los verdaderos poderes fácticos (EEUU, la Unión Europea y el sistema de empresas transnacionales) estarán siempre en la vereda del frente.

A diferencia de lo que ocurrió en la década de los 70 en las Naciones Unidas, cuando se intentaba establecer un nuevo orden económico internacional con el voto mayoritario de los países del tercer mundo, ahora se cuenta con la fuerza gravitacional de que disponen Brasil y la China en los escenarios globales, lo que podría abrir el cauce para desenlaces novedosos.

Ese es el escenario en el que Bolivia tiene que desplegar la gestión diplomática de sus intereses sustantivos, entre los que ahora se ha incorporado procedimentalmente la demanda marítima presentada ante la Corte Internacional de Justicia. Y en ese contexto, todo hace pensar que ya ocurrió un primer percance con la admisión por parte de la Cancillería de que el tema se retire de la agenda de la próxima reunión de la OEA en Guatemala. Cuando menos se pudo haber insistido en que se presente un informe sobre la naturaleza y los alcances de la demanda que ha presentado el país en La Haya. Este error debe ser enmendado con prontitud, a fin de que la tramitación de nuestros derechos marítimos en dicho tribunal jurisdiccional no hipoteque la gestión política internacional complementaria sobre la reivindicación  marítima, así como respecto de todas las otras cuestiones relevantes que componen la agenda de política exterior del país.

Por principio de cuentas, en cuanto al retorno útil y soberano al océano Pacífico, el país necesita sumar apoyos sustantivos y vinculantes de gobiernos, antes que de personalidades y ONG. Y en este orden de cosas, una primera tarea urgente debería consistir en recuperar el respaldo efectivo de algunos países que en todas las ocasiones del pasado estuvieron sistemáticamente de nuestro lado.

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