Columnistas

La muerte de Mery

Apenas el coronel Hugo Banzer se apoderó a sangre y fuego del gobierno, Mery fue capturada.

La Razón (Edición Impresa) / Gustavo Rodríguez

00:23 / 05 de enero de 2014

Jorge Luis Borges solía decir: “Si el destino existiese, cada encuentro sería una cita”. ¿Quién convocó a Mery Alvarado Rivas, en la carretera hacia Arica aquel 27 de diciembre de 2013, cuando se volcó el bus en el que viajaba? Junto a ella murieron otras nueve personas y 40 quedaron heridas. Mery, de 63 años, era docente de la Universidad Mayor de San Simón y una activista contra las desigualdades sociales. Muy joven militó en grupos cristianos y luego se afilió a la Juventud Comunista. Estudiante de Economía, se hizo dirigente, y como tal promovió y participó en las acciones de denuncia y protesta del movimiento estudiantil que se radicalizaba a la par de otros sectores sociales que convergían en la Asamblea Popular. La respuesta derechista no se hizo esperar. Apenas el coronel Hugo Banzer se apoderó a sangre y fuego del gobierno el 21 de agosto de 1971, con el apoyo de la burguesía agroindustrial cruceña y los gobiernos de EEUU y Brasil, Mery fue capturada. Los paramilitares que operaban en Cochabamba, los tristemente famosos Guido y Gary Alarcón, la trasladaron primero a una casa de seguridad y luego a las celdas de la Dirección de Orden Político en La Paz. El periplo de presiones y torturas continuó para ella. La recluyeron en el regimiento Bolívar de Viacha, convertido en un gigantesco campo de concentración, donde centenas de izquierdistas la pasaban muy mal entre el temor, el hambre y la muerte. Mary recordaría que un día sacaron de las celdas al profesor Roberto Alvarado, militante comunista. No regresó. Su corazón falló durante la tortura.

Para Mery, Achocalla, una antigua hacienda en las laderas de La Paz, convertida en un lúgubre reclusorio fue su próximo incierto destino. En la parte de arriba, se ubicaban las mujeres en estrechas celdas de piedra, y abajo, en la semiderruida capilla, se torturaba y daba muerte. Militantes del ELN, al menos una docena, fueron asesinados en 1972 a golpes y tiros de gracia. Como se narra en el libro testimonial Libres, escrito por exprisioneras de Achocalla, ellas oían con desesperación y angustia los gritos de dolor y los disparos mortales sobre los cuerpos de sus compañeros. Dos exintegrantes del ELN, Damy y Coquito, hacían las tareas sucias.

Oí a Mery referirse con evidente dolor a esa escalada de muerte. Ella logró salir del encierro a cambio de un exilio en Chile. No se quedó para acompañar el proceso socialista de Allende. Su partido comunista la envió a la URSS a estudiar y trabajar. Mientras permaneció bajo el alero del Soviet, fue locutora de quechua en Radio Moscú. Retornó para acompañar el proceso de democratización, pero la brutalidad del general Luis García Meza la llevó nuevamente a prisión tras los aciagos días del 17 de julio de 1980, pero regresó con vida.

El 27 de diciembre no tuvo ninguna oportunidad. El bus, conducido por un cansado chofer, tenía graves fallas mecánicas y las llantas poseían apenas una delgada e insegura cobertura. Iba al desastre con cada metro. Pero pudo salir de viaje, gracias al afán de lucro de sus propietarios y de un irresponsable descontrol de las autoridades de Tránsito. Los represores del golpe de 1971 evadieron la justicia y aún se pasean por nuestras calles. Esperemos que los culpables del desastre de diciembre no tengan la misma fortuna. Mery Alvarado Rivas no lo merecería.

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