Columnistas

Ni una menos, ni una muerte más

La violencia hacia las mujeres es una lacra de cada día que no va a disminuir con una o varias marchas.

La Razón Digital / Gabriela Ichaso Elcuaz

01:08 / 18 de noviembre de 2016

El 25 de noviembre volveremos a marchar, como cada vez que nos enteramos de la muerte violenta, el abuso denigrante o la violación de una mujer, de una niña o de cualquier ser humano infligidos por otra u otras personas. Esta fecha se denominó Día de la Eliminación de la Violencia Hacia la Mujer para subrayar la horripilante realidad en la que vivimos: la creciente estadística de mujeres asesinadas, ultrajadas, acosadas, literalmente lastimadas.

A fines del siglo pasado celebrábamos la llegada del nuevo milenio, motivados por los logros y las conquistas alcanzadas en términos de civilización, como el establecimiento y la expansión de los derechos humanos, el respeto a la diversidad o una mayor conciencia medioambiental, lo que en teoría iba a contribuir a erradicar la forma de vida decadente y destructiva con un planeta que no nos pertenece.

Sin embargo, a pesar de que estamos cada vez más interconectados y tenemos una gran cantidad de información disponible, se ha demostrado que nuestra capacidad para aprovechar la tecnología a la hora de modificar la actitud respecto a las relaciones humanas es lenta o desinteresada. Cabe preguntarse sobre el origen de este fenómeno. ¿Se debe al modelo de la competencia por el poder? ¿Será la educación trastocada por los modelos que se amplifican y celebran, contrarios a la formación que decimos pedir y recibir? ¿Es la impronta mamífera, el instinto animal, la ley del más fuerte lo que induce a cometer actos violentos y alimenta la irracionalidad que se superpone en la conducta hacia el resto de las personas y de otros seres vivos, impulsando el daño hasta el sometimiento y el feminicidio?

Está harto comprobado que los crímenes denunciados son apenas los datos de violencia que asoman al conocimiento público; así como también que la violencia tiene las caras más primitivas de la fuerza bruta, desde las más sofisticadas, pasando por las psicológicas, hasta las económicas y filiales, que se registran tanto en el hacinamiento de la vivienda más miserable como en el lujo de un edificio inteligente.

Marchamos el 25 de noviembre como fecha simbólica porque un día como ese fueron asesinadas las tres hermanas Mirabal, Patria, Minerva y María Teresa, por órdenes del dictador dominicano Rafael Leónidas Trujillo; pero antes fueron encarceladas, torturadas y violadas en reiteradas oportunidades, para finalmente ser arrojadas a un precipicio ya con el cuerpo destrozado.

Las Naciones Unidas, organización en la que se reúnen los jefes de Estado a decidir sobre el mundo, definió la violencia hacia la mujer como “todo acto de violencia basado en el género, que tiene como resultado posible o real un daño físico, sexual o psicológico, incluidas las amenazas, la coerción o la prohibición arbitraria de la libertad, ya sea que ocurra en la vía pública o en la vía privada”. Hay quienes confunden la denuncia y la lucha contra estos crímenes con el feminismo. Incluso muchos manifiestan, hastiados y despectivos, que los activistas propugnan consignas tan execrables como el machismo. Es una forma de negar la realidad y el feminismo (que no es motivo del presente artículo), lo que merece mucha más atención positiva y una profunda reflexión.

La violencia hacia las mujeres, en un grito último adecuado al breve espacio de Twitter instalado por la poeta y activista mexicana Susana Chávez Castillo (asesinada en 2011) con la etiqueta (hashtag) #NiUnaMenos, es una lacra de cada día que no va a disminuir con una marcha ni con varias. Sin embargo, caminar junto a quienes comparten el dolor, andar junto a quienes se dedican a proteger y defender el derecho de las mujeres a vivir sin miedo su propia libertad, nos sitúa en qué lado del terror nos paramos y revela la forma de vida que a nuestro entender debe respetarse y hacerse respetar.

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