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Cinco mujeres y el Che

Cinco bolivianas asistieron al Che antes y después de su ejecución en La Higuera, el 9 de octubre de 1967

La Razón (Edición Impresa) / Jorge Mansilla Torres

00:02 / 08 de octubre de 2014

Cinco bolivianas asistieron al Che antes y después de su ejecución en La Higuera, el 9 de octubre de 1967. Le prodigaron atenciones y luego testimoniaron sobre la integridad de ese hombre en la hora de su desgracia. Estas historias se construyen sobre textos y decires de la época.

La profesora Julia Cortés entró al aula de la escuela a las 06.00 para insultar al “invasor aventurero”, azuzada por el teniente Pérez Panoso, pero le conmovió, según contaba después, que le dijera que ser maestra en esa soledad era como un vaso de agua en el desierto, que le corrigió suavemente decir “querrá” y no “quedrá” y que los niños necesitaban más mentores que escuelas. Salió al día con otra luz.

A eso de las 10.45, Ninfa Arteaga, esposa del telegrafista, llegó al aula-jaula con un portaviandas de comida. Su hija, la maestra Élida Hidalgo, que había gestionado el permiso militar para dar de comer al prisionero, se quedó en la puerta montando guardia. —Sírvase, pues, es una sopa de manicito, le dijo la doña quitándole sin permiso de nadie las amarras de las manos y alcanzándole una cuchara. Contó que aquel agarró la vianda con desconfianza. “Coma nomás, caballero, es de maní y está calientita”, le sugirió y para animarlo mejor le comentó que “es un plato que cocinamos para ocasiones muy especiales”. Ella no sabía que se trataba del Che. La señora Ninfa decía luego, llorando, “cómo comía, Dios mío, cuchara tras cuchara tras cuchara…”

Asesinado a mansalva a las 13.30 por orden de la Central de Inteligencia de Estados Unidos (CIA), el Che fue puesto en una camilla que se ajustó al fuselaje de un helicóptero rumbo a Vallegrande. La brisa de la serranía abrió los ojos del guerrillero y así se quedaron. En la lavandería del Hospital Señor de Malta ningún militar se opuso a que la empleada Graciela Rodríguez le limpiara el  cuerpo con trapos húmedos “porque siempre hay que lavar a los muertos”.

Babeantes de triunfalismo, los jefes castrenses tampoco objetaron que la enfermera Susana Osinaga le recortara pelos y barba. Después solía contar que cuando vio la foto del Che en los diarios se estremeció “porque su cara se había vuelto como de Cristo”.

Así, pues: Julia cuando se abre el día. Élida, su ángel guardián. Ninfa que ofrece comida. Chela que le limpia el polvo con humildad y jabón. Susi que le da ese qué gestual de paz en vilo.... bolivianas del amor con el más libre albedrío. Cinco mujeres y el Che.

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