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No hay museo ni memoria...

Vistas así las cosas, morfológicamente el Museo podría cumplir también la función de zoológico.

La Razón / Rubén Vargas

01:36 / 01 de abril de 2012

El ministro de Culturas, Pablo Groux, reveló al periódico digital Oxígeno que el Tesoro General de la Nación destinará cinco millones de dólares (unos 35 millones de bolivianos) para la construcción del Museo de Revolución Democrática y Cultural en Orinoca.

Esta trascendental decisión tiene un par de antecedentes que resulta pertinente recordar. Por una parte, por decreto supremo, Orinoca, el pueblo donde nació el presidente Morales, ha sido declarado Patrimonio Histórico Nacional, y la casa donde el Mandatario vio por primera vez la luz tiene la cualidad de Monumento Histórico. Ese decreto, naturalmente, ha sido aprobado por el propio presidente Morales. Por otra parte, en su momento el vicepresidente del Estado, Álvaro García Linera, es verdad que de manera más voluntarista que formal, proclamó a Orinoca Tierra Santa, se entiende porque en esa tierra ella nació el Salvador.

La decisión de “meterle nomás” a la construcción del millonario Museo de Revolución Democrática y Cultural en Tierra Santa, precisamente en este momento, admite por lo menos dos interpretaciones. La primera, apoyada por la lógica elemental, indicaría que la famosa Revolución Democrática y Cultural ya es una pieza de museo. Es decir, ya fue, porque resulta obvio que no se puede hacer un museo sobre un proceso que todavía está en curso, cuyo desenlace histórico está por venir. La segunda interpretación, que es la que lamentablemente tiene mayores posibilidades de acercarse a la realidad, es que sólo se trata de un faraónico acto de llunkerío, exacerbado seguramente porque el propio presidente Morales ya ha bajado la bandera de la carrera a su reelección para un tercer mandato presidencial. Nadie quiere estar fuera del carro ganador, por supuesto.  

Hay detalles arquitectónicos del proyecto que disparan la imaginación. Por ejemplo, el Museo de la Revolución Democrática y Cultural estará integrado por tres edificios: uno en forma de puma, otro en forma de quirquincho y el tercero en forma de llama. Más allá de cómo el arquitecto proyectista resuelva formalmente esta estrafalaria idea, hay que aplaudir la funcionalidad de esta concepción, porque vistas así las cosas, morfológicamente el museo podría cumplir también la función de zoológico.

Por otra parte, el ministro Groux ha explicado que el patrimonio que exhibirá el museo está integrado en buena parte por la importante cantidad de obsequios que el Presidente recibió a lo largo de la Revolución Democrática y Cultural y que, seguramente en memoria de ésta, merecen la inmortalidad.

Mientras tanto, una mujer que representa emblemáticamente la lucha de los bolivianos para vencer a las dictaduras militares y recuperar el Estado democrático, Domitila Chungara, murió prácticamente en la miseria. Una centésima parte del dinero gastado por el Gobierno para propagandizar muy oportunamente en la televisión una foto en la que la mujer minera aparece junto al presidente Morales y al vicepresidente García Linera habría servido seguramente para aliviar los últimos días de esa valerosa y generosa mujer. Pero no fue así.

Domitila Chungara, como Gladys Oroza de Solón, quien también acaba de morir después de 40 años de luchar para que aparezcan los restos de su hijo, José Carlos (asesinado en la dictadura de Banzer en 1972), son símbolos de la lucha por la democracia. Esa democracia que hoy nos permite vivir como vivimos. Pero para esa historia, para sus mártires, para sus héroes y para los miles de luchadores anónimos no hay museo ni memoria.

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