Columnistas

El nacimiento de Jesús

Lo esencial de ese nacimiento es que probaría que Jesús fue el Mesías esperado por los profetas.

La Razón (Edición Impresa) / Ramiro Prudencio Lizón

01:17 / 14 de diciembre de 2016

En este mes se recuerda la navidad de Jesucristo, como se lo hace desde unos 1.500 años. En efecto, el monje Dionisio El Exiguo, quien creó el calendario cristiano en el siglo VI de nuestra era, señaló que Jesús había nacido el 25 de diciembre del año 1 d.C., correspondiendo al año 753 de la fundación de Roma. Eligió esta fecha basándose en el Evangelio de Lucas, que menciona que Cristo comenzó su vida pública a los 30 años, “en el año quince del principado de Tiberio César”.

Ahora bien, el reinado de Tiberio cumplió 15 años en el 783 de Roma. A esta fecha le restó los 30 años mencionados por Lucas, lo que daba 753. Además, Dionisio eligió el 25 de diciembre simplemente porque en su nuevo calendario el solsticio de invierno se cumplía en la noche del 24 al 25 de aquel mes, acontecimiento que dos siglos antes el emperador Constantino había decretado que coincidiera con el nacimiento del Salvador del mundo.

Antes de Constantino, el solsticio se constituía en una gran festividad pagana que celebraba el nacimiento del sol. Pero el emperador romano consideró más apropiado festejar ese día el nacimiento del Mesías, ya que éste era el verdadero sol de la humanidad.

Sin embargo, Dionisio se equivocó en su calendario. No solo en lo relativo al solsticio, que corresponde a la noche del 21 al 22 diciembre, sino también en algo más importante aún: en el año del nacimiento de Jesús. Ahora se sabe que éste no sucedió en el año uno de nuestra era, sino siete años antes. Es interesante conocer cómo se llegó a esta conclusión tan precisa. Primeramente se tiene el dato de que Cristo nació en tiempos de Herodes el Grande, y este rey murió cuatro años antes de la era cristiana. Pero además existe el enigma de la estrella de Belén. Esta estrella que, según el Evangelio de Mateo, fue vista por unos magos de Oriente llegados a Israel para adorar a un niño que sería el rey de los judíos.

Al respecto, el gran astrónomo Kepler observó hace cuatro siglos, desde Praga, la maravillosa conjunción de Júpiter con Saturno en la constelación de Piscis. Basándose en sus cálculos, determinó que ese mismo fenómeno debió verificarse en el año 7 a.C. Confirmando esos cálculos, en el siglo veinte, se ha comprobado que efectivamente en el año 7 a.C. se realizó esta conjunción, la cual se vio con máxima claridad en la parte oriental del mar Mediterráneo.

Solo resta señalar el lugar del nacimiento de Jesús. Según los evangelios de Mateo y Lucas, nació en Belén de Judá. ¿Es ello posible? Hay historiadores del pasado que han rechazado que éste fuese originario de Belén. Consideraban que un empadronamiento como el que refiere Lucas no era motivo valedero para que José y María hubiesen salido de Nazaret y se dirigiesen hasta la ciudad cuna del rey David. Los censos romanos no obligaban a las personas a viajar a su país de origen, sino que establecían el número de habitantes de una localidad para cobrar el respectivo impuesto.

Felizmente, con los manuscritos del Mar Muerto ahora se tiene conocimiento de que existía en los años anteriores al nacimiento de Jesús una profunda convicción de que la venida del Mesías estaba muy cerca, y que éste debía ser descendiente de David y nacer en Belén. Por lo tanto, es posible que muchos de los judíos que creían descender de ese gran rey y que serían varios miles, ya que los reyes de Israel fueron polígamos, se trasladarían hacia la ciudad de Belén cuando iban a tener a su primogénito. Y así debió hacer José, ya que, como indica el Evangelio de Mateo, se consideraba del linaje de David, además, el hijo esperado era su primogénito.

Se puede concluir entonces que Jesús nació en Belén en el año 7 a.C. Y lo fundamental del nacimiento ocurrido en esa aldea es que probaría que Jesús fue el Mesías esperado por los profetas, lo cual, como sabemos, se confirmó luego con la gran difusión de su pasión y su doctrina; vida y obra tan espectacular y maravillosa que no solo lo consagró como el Cristo (el ungido de Dios), sino que lo elevó hasta ser considerado y reverenciado como el mismo Dios.

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