Columnistas

Nacionalismo europeo

Desde el nacionalismo hay una línea que conduce hacia la soberbia, el imperialismo y los mayores espantos.

La Razón (Edición Impresa) / Klaus Geiger

23:34 / 24 de abril de 2019

El 18 de octubre de 1813 fue un punto de inflexión en la historia alemana. En la tarde de ese día, los soldados sajones se dieron repentinamente la vuelta... y dispararon contra su propia gente. Apuntaban a aquellos soldados de Napoleón Bonaparte con los que poco antes habían marchado a la batalla de Leipzig. Ahora ya no luchaban con Francia, sino contra ella. Sajonia no era la única que llevaba años al lado del emperador francés: también Baden, Württemberg, Baviera, Westfalia habían estado junto a él. ¿Por qué no? Napoleón era ilustrado, progresista, tenía éxito. ¿Y Alemania? No existía aún.

Solo el dominio autocrático durante años de Napoleón sobre la alianza renana, la humillación que infligió a Prusia, y las decenas de soldados muertos en la campaña de Rusia despertaron la resistencia de los alemanes y su sentimiento nacional, espoleados por las ansias de libertad y autodeterminación. Los príncipes traicionaron estas ideas en 1815 en el Congreso de Viena y las laminaron en la revolución de 1848. Bismarck confinó las ideas nacionales en 1871, Guillermo II las transformó en chovinismo a partir de 1890 y los nacionalsocialistas las pervirtieron, convirtiéndolas en su opuesto.

La del nacionalismo es una historia de éxito. Desde ella hay una línea que conduce hacia la soberbia, el imperialismo y los mayores espantos a los que los hombres hayan podido someter a otros hombres. Pero también de él parte una línea que lleva hacia las democracias más vitales y poderosas de la tierra, en Alemania o en EEUU, en Francia o en España, en Japón o en Corea del Sur.

Tenemos que repetir esta historia de éxito en el plano europeo. Quien contemple hoy el continente verá una alfombra de retales semejante a la que era Alemania hace 200 años. Pero considérese la Unión Europea, una unión de Estados cuyos ciudadanos en el pasado se mataban entre sí y que ahora intentan cooperar. Con un puñado de instituciones pensadas a medias, con unos cuantos símbolos y mitos que no acaban de asumirse del todo; la mayoría de la gente se siente más cercana a su nación que a esta UE. Igual que, en otros tiempos, para la mayoría de los alemanes su patria chica significaba más que la nación alemana.

También por esto se refuerza en Europa el falso nacionalismo. Aquel nacionalismo que no significa libertad, razón y progreso; sino que representa la manipulación, la agresión y la intolerancia que precipitaron a Europa en las dos mayores guerras de la historia de la humanidad. Si bien todavía no ha traído más guerras, ese nacionalismo ya está debilitando a Europa, aumentando las líneas de falla en el continente en las que Estados como Rusia y China hunden sus cuñas.

Sin embargo, el mejor instrumento para reforzar la UE es, paradójicamente, una vez más el nacionalismo. Europa debe extraer de él las lecciones correctas. Debe desarrollar una identidad continental del mismo modo que en el siglo XIX surgió una identidad nacional. Es un acto de equilibrismo. Semejante nacionalismo europeo no puede estar basado en la raza, la etnia o la religión, pues así se sembraría la simiente de nuevas guerras.

Su fundamento tienen que ser los valores sobre los que descansan los Estados nacionales de mayor éxito: la libertad, la igualdad, la división de poderes. La UE ya se basa en estos principios, que hay que trasladar de una vez de forma consecuente y consciente. Solo entonces surgirá un “sentimiento de nosotros”, que es la condición para hablar algún día en el nivel europeo sobre impuestos, prestaciones sociales y unidad política.

Requisito central para este “sentimiento de nosotros” son unas fronteras fijas y seguras. Hay que definir qué es Europa. Eso no significa aislarse. Pero sí es necesaria una inmigración controlada, basada en derechos y sanciones. Una Europa valiente y autónoma debe también definir con claridad quiénes son sus amigos y quiénes sus adversarios. La fórmula es simple: nuestros amigos son aquellas naciones que comparten nuestros valores. Una Europa equivalente a una nación tiene además que defender sus valores hacia dentro. Es necesario enfrentarse con dureza a los países que erosionan las reglas democráticas en la UE. A la larga, esto no conducirá a la división, sino a una mayor unidad.

Pero mientras los europeos vean incoherencia y debilidad en la UE, los ciudadanos se sentirán mejor protegidos por sus Estados nacionales. La gente solo se sentirá europea cuando existan una identidad europea, un orgullo nacional europeo y un patriotismo europeos. Lo que no excluye, como muestra el federalismo alemán, entidades e identidades regionales y nacionales paralelas. De momento, esto parece muy improbable. Tan improbable como era hace algo más de 200 años que un bávaro, un sajón o un westfalés se sintieran alemanes.

* Jefe de la sección de Internacional de Die Welt. Traducción de Jesús Albores. © Leading European Newspaper Alliance (Lena).

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