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Todos somos nadie

Tamar se fue de este mundo como se van los nadies en Bolivia, con la vida despreciada

La Razón / Cergio Prudencio

00:00 / 27 de enero de 2013

Tamar queda gravemente herida, cuando —viajando por el salar de Uyuni— el vehículo de transporte turístico en el que va colisiona contra otro, por temeridad de conductores. Tamar se ve así en un hospital de Potosí, uno, dos, tres días con atenciones básicas pero no estructurales. Desde la remota Minnesota llega el padre para encontrar a Tamar debatiéndose ya entre estar y no estar. Urgencia es trasladarla a La Paz. ¿Taxi aéreo o ambulancia? ¿Se puede, no se puede? Tamar transita ahora la noche en carretera al cuidado de un médico. Su condición se agrava, no alcanza a llegar a La Paz. Obligada escala en Oruro, los galenos intentan, pero tampoco tienen cómo. El tiempo sigue en marcha regresiva. Al amanecer Tamar volará a La Paz en nave equipada. Todo dispuesto. Pero el destino se adelanta y Tamar expira serenamente,  ante la impotencia de solidaridades múltiples que la tragedia ha levantado entre aguas de sal, ciudades escépticas, fríos planetarios y destinos incomprensibles.

A los 20 años Tamar regresa en cenizas a su país. Sus afectos se preguntan. En medio del dolor, aquí y allá queda flotando una incertidumbre que es una pluralidad de incertidumbres. En medio de las incertidumbres queda en el alma una pluralidad de dolores, que son uno solo. Aquí y allá.

Tamar se fue de este mundo como se van los nadies en Bolivia, con la vida despreciada. Y los nadies aquí somos todos. Todos somos nadie al abordar cualquier transporte. Todos somos nadie en los servicios turísticos librados a su arbitrio. Todos somos nadie en hospitales desprovistos y desmoralizados, en carreteras sin señales y sin mantenimiento, en accesos atascados a nuestras ciudades. Todos somos nadie. Todos estamos a expensas de nadie. 

Nadie toma responsabilidad ahora por la ausencia perpetua de Tamar, como nadie da cuenta de tantas y tantas muertes incógnitas: la de Rosita y su hermana, la de la familia que iba de vacaciones, la de los 15 que acababan de graduarse, la de don Celestino y su ayudante, la de la doña que traía fruta de Yungas, la de la Virginia que llegó hace poco de España, la de los novios recién casados, la de la Tamar, claro.

Colisión, embarrancamiento, vuelco, falta de asistencia médica calificada, carencias materiales hospitalarias, descontrol de los servicios son causas que se llevan miles de nombres; en su mayoría, causas prevenibles.

Una circunstancia enigmática nos puso ante la muerte de Tamar. Sin haberla conocido, sin sospechar que nos afectaría tanto, de pronto a través de ella comprendemos el dolor de aquellos que Rosita y su hermana, la familia, los 15, don Celestino, la doña, la Vicky, los novios y otros y otros, y —desde luego— Tamar, dejaron en este mundo a penar por todos los días de la vida.

Es compositor.

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