Columnistas

Los narcos

Esto se dio sobre la base de haber primero naturalizado la violencia hacia las mujeres.

La Razón (Edición Impresa) / Julieta Paredes

00:00 / 06 de abril de 2014

Parece una historia del lejano oeste, en términos de tiempo y espacio, pensar en Monterrey, Michoacán y la guerra entre narcos en México; escuchar de boca de hombres y mujeres que vivieron esta violencia desde sus cuerpos y en su cotidiano es otra cosa, una sensación que te hace sentir la piel de gallina y reflexionar profundamente en nuestra casa, que es Bolivia, y lo que nos podría pasar.

Los narcos se metieron en la vida cotidiana de la gente, de manera que no había vida, si no era a través de los narcos, terrible proceso de naturalización del narcotráfico y el poder de los cárteles. Por supuesto que esto se dio sobre la base de haber primero naturalizado la violencia hacia las mujeres, de haber visto como “normal y natural” que los hombres golpearan, gritaran, violaran y mataran a las mujeres, y, claro, no calcularon que ésa es la base para que mentes mucho más criminales que ellos, organizadas en bandas de narcotraficantes, podían gritar, golpear y matar también a los hombres tan fuertes y tan machos.

La historia era cada día, nos contaban que se levantaban en la mañana todavía con sueño, pues la noche anterior los gritos se incrementaron; de lo cotidiano, ya no eran solo mujeres, ahora eran hombres que gritaban, eran torturados y asesinados, y ahí recién empezaron a sentir también miedo, y las mujeres de Monterrey sintiendo triple miedo, miedo aquél de ser golpeada por ser mujer, miedo porque ahora también los narcos impunemente las golpearían, violarían y matarían, y miedo por los hombres a quienes quieren y que su dolor nos duele.

La jornada en cualquier momento puede ser interrumpida por una balacera y los mensajes de celular funcionan: no vayan por tal lugar, que hay tiros. Y si la balacera te pesca almorzando, pues a cubrirse, tirarse al piso, esperar que no te maten y no se enfríe tu almuerzo.

Los cadáveres te los puedes encontrar al volver del trabajo, tirados en la calle; si antes no te topas que en la tiendita o negocio de tu barrio, los matones de los narcos están golpeando a alguien, pues están cobrando “derecho de piso”, que significa pagar para tener un negocio. Al volver a tu casa, te encuentras con que tus hijos ya no pudieron resistirse a la violencia y presión, y se convirtieron en vendedores de droga al menudeo en su colegio, pues tenían mucho miedo a que los maten sus propios  compañeritos, que ya tan chiquitos son matones de los narcos.

No es un chiste esto de los narcos, no podemos hacernos de la vista gorda o mirar para otro lado; especialmente las hermanas y los hermanos cocaleros, es imprescindible que tomen posición y no solamente decir que ellos no son narcotraficantes; eso ya sabemos, que son trabajadores del campo, pero no pueden negar que hay una relación entre la hoja de coca y la producción de cocaína, y ellas y ellos, como organización social que cuida el proceso de cambio y que cuida a su pueblo, deben decir cuál es el límite entre uno y otro, y cómo no nos hacemos cómplices de los narcos sea produciendo o siendo país de tránsito.

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