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Las ñatitas

La fiesta de las ñatitas es la representación más escabrosa del pensamiento cíclico de nuestra cultura

La Razón / Carlos Villagómez

01:48 / 12 de noviembre de 2013

El 8 de noviembre, después del Día de los Muertos y el antipático Jailonwin, salen las ñatitas a recibir el cariño y la devoción de los paceños y paceñas en los patios del Cementerio General. Es el desfile de las calaveras más veneradas y ataviadas de la región, y las más bizarras y espeluznantes.

Nadie sabe cómo ni cuándo se reinstauró esta fiesta ceremonial urbana. Todos dan su versión, pero, como todos los imaginarios potentes, sus orígenes se pierden en la bruma de las historias familiares. Se sabe por los cronistas que se acostumbraba pasear a las chullpas de la realeza por los pueblos y que los españoles trataron de extirpar estas muestras escabrosas de idolatría. Y de ahí, ¿qué?, ¿guardaba el pueblo sus ñatitas en casa?, ¿por qué ñatitas?

De nada sirve que intentemos mostrar conocimientos sobre el tema, éste tiene un origen velado y extraño. Lo que importa es que esta sociedad andina, arisca e ingobernable, pero también creativa y expresiva, decidió hace unas décadas reeditar ese paseo prehispánico a lo grande: muchedumbres, urnas, procesiones, música, ofrendas, manojos de velas, cigarrillos, alcohol y muchas, pero muchas, flores.

Si quieres saber cómo es este ritual y sentir su potencia debes estar ahí al menos una vez en tu vida. No saldrás defraudado. Es más, saldrás con un profundo sentimiento ambiguo: medroso por el culto más crudo y sin aspavientos a la muerte, y sorprendido por la energía colectiva que desplegamos en cada fiesta urbana: somos la catarsis hecha carne. Para el éxito de esta nueva reunión paceña conjugamos los recursos más astutos: debes hablar a las ñatitas porque son mediadoras con Dios; debes pedirles de todo, que te concederán eso y mucho más; debes invitarle la cervecita que le gustaba y debes pagar una morenada para que la escuche. Todo en un mar palpitante de gente, circunspecta y festiva. Es el nuevo bullicio urbano, el nuevo rito de este milenio que cree en calacas recaladas del mundo atrabiliario pero profundo de las pervivencias.

Apuesto lo que quieras. En unos años más, las ñatitas serán la fiesta urbana más comentada y visitada de todo nuestro espectacular calendario de patrimonio inmaterial. Porque es la representación más escabrosa del pensamiento cíclico de nuestra cultura, es el encuentro de la carne viva y los huesos para recordar tu próxima partida y también tu eterno retorno.

Quizás en unos años vuelvas en una urna cargada por un vecino y bajo el nombre de Brayan. Engalanado de flores, con las fosas llenas de algodón, los pocos dientes forrados de oro y entre vahos de alcohol y tabaco te pidan, desesperadamente, ganar las elecciones.

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