Columnistas

La necesidad de olvidar

Una cosa es reconstruir el pasado, y otra muy distinta es para qué se lo hace

La Razón / Wálter I. Vargas

03:32 / 18 de mayo de 2013

Pueblo que olvida su historia está condenado a repetirla”; “Ni olvido ni perdón”; “Nunca más”. Frases hechas como las anteriores se han vuelto tan convencionales que parecen indiscutibles, sonsonetes que he vuelto a escuchar ahora que se ha condenado a un exdictador guatemalteco. Pero entre tanta convocatoria a la memoria del agravio, ¿se ha visto, por contrapartida, la conveniencia de olvidar? Claro que sí. Por ejemplo, Tzvetan Todorov, quien en su ensayo La memoria amenazada reflexiona, con mucha lucidez, en la dialéctica sutil que existe entre recuerdo y olvido cuando entran en juego en el manejo del pasado político tormentoso que ha dejado el siglo XX.

Por supuesto que Todorov no es tan irresponsable como para sugerir que se debe hacer borrón y cuenta nueva de la historia en nombre de la salud social. Hay que dar por hecho que la memoria de los horrores de las guerras y la política de exterminio fascista y comunista en Europa es imprescindible, dice. Pero una cosa es reconstruir el pasado, y otra para qué se lo hace. Y aquí alerta muy agudamente sobre algunas distorsiones no muy sanctas de esta suerte de religión del recuerdo, como la de algunos judíos que no toleran que se diga que otros pueblos han sufrido holocaustos parecidos al suyo. Cuenta también, a manera de entrar en playas más conocidas, que Américo Vespuccio, al ver cómo las tribus americanas guerreaban sin descanso, se preguntaba si la única solución no era que esas poblaciones “olvidaran el odio para poder vivir en paz, que dejaran de lado su rencor y hallaran un mejor uso para la energía así liberada”.

Ni qué decir que esta reflexión “vespuciana” le cae como anillo al dedo al presente latinoamericano. No hay nada más que escuchar a la señora Hebe de Bonafini y enterarse de las tropelías kirchneristas que estas semanas está ventilando Jorge Lanata en Argentina, para convencerse de que detrás del presunto socialismo nuevo despunta el nada sano afán “de explotar (el) pasado de sufrimientos como una fuente de poder y de privilegios”, como señala apropiadamente Todorov. Y lo mismo corre para los “ideólogos” del actual Gobierno nacional, o los del venezolano, que igual derrochan odio incansablemente como forma de mantenerse en el poder. Pobres venezolanos que tienen que soportar a personajes siniestros que pasan por periodistas como el que dirige el programa La hojilla.

En nuestro medio, muchos opinadores y periodistas no pierden la oportunidad de recordar que fueron víctimas de este o aquel dictador, o que lucharon en su momento para “restaurar la democracia”. Haber sido perseguidos (sea esto cierto o no, porque a veces no lo es o se exageran descaradamente los hechos), se ha vuelto como una credencial de algún tipo de valor personal, especialmente ahora que una liturgia revolucionaria que parecía haber sido superada ha sido desenterrada con propósitos demagógicos.

Pero no todo es ruido y furia sobre el tema. El poeta menor argentino Juan Gelman acaba de dar una lección al respecto. Ha contado en una entrevista que cuando juzgaron a uno de los generales dictadores corresponsables del asesinato de su hijo (nada menos), él no sintió nada, ni siquiera odio, ni siquiera alegría. En cambio, muchachos que ni siquiera habían nacido en los 70 celebraron con alborozo malsano la sentencia. He aquí el resultado de la insistencia morbosa en la cultura del odio y el revanchismo practicada en los países del cono sur.

El artículo de Todorov es mucho más complejo y rico que lo que he comentado aquí, pero a mí me ha parecido muy útil esa su llamada de atención acerca de lo problemática que entretanto se ha vuelto la consigna acrítica de reconstrucción del pasado, como condición per se para la reivindicación de las víctimas. Cosa curiosa, tratándose del autor, búlgaro afrancesado: no acude a quien en el siglo XIX aportó de manera original, en una conferencia titulada ¿Qué es una nación?, con el postulado del olvido como condición para formar una patria. Ernst Renán, pensador conservador francés vapuleado por el saber convencional izquierdista como protofascista, dijo en efecto que una comunidad nacional necesita algunos requisitos, entre los cuales está la consensuada necesidad de olvidar viejas rencillas y malestares para ver el presente y el futuro.

Etiquetas

Ediciones anteriores

Lun Mar Mie Jue Vie Sab Dom
1 2 3 4
5 6 7 8 9 10 11
12 13 14 15 16 17 18
19 20 21 22 23 24 25
26 27 28 29 30 31

Suplementos

Colinas de Santa Rita, Alto Auquisamaña (Zona Sur) - La Paz, Bolivia