Columnistas

La negociación de 1950 con Chile

‘Las grandes soluciones de la Historia no son fruto de la inercia, sino de la voluntad de los pueblos’.

La Razón (Edición Impresa) / Ramiro Prudencio Lizón

03:35 / 13 de febrero de 2013

En estos momentos en que hay tanta referencia a la cuestión marítima, es menester tener presente la gestión de don Alberto Ostria Gutiérrez, el más insigne y destacado diplomático boliviano del siglo XX, y cuyo aniversario de nacimiento se cumplió el 6 de febrero. Primeramente, cabe recordar que su extraordinaria labor a favor de la vinculación de Bolivia con los países vecinos (dando lugar a la construcción de los ferrocarriles de Santa Cruz a Corumbá, y de Santa Cruz a Yacuiba) ha marcado un hito en la Historia del país, ya que con estas obras se puso en práctica su ideal de que Bolivia dejase de ser un territorio de antagonismos y pasara a ser uno de contactos y entendimientos.

Pero lo importante ahora es recordar su gran actuación en pro de resolver el problema marítimo nacional. Al respecto, su gran capacidad de persuasión y la tenacidad que ponía en su labor lograron que Chile se aviniese, mediante notas intercambiadas en 1950, a reconocer la existencia de dicho problema y a asumir el compromiso de solucionarlo, dando a Bolivia una “salida propia y soberana al océano Pacífico”.  Por ello, la negociación oficializada en ese año de 1950 constituye, asimismo, uno de los principales hitos históricos de la larga y todavía inacabada lucha que Bolivia mantiene desde la Guerra del Pacífico, en procura de romper su enclaustramiento geográfico.

Su labor como embajador en Chile se inició en 1947, y desde un principio hizo conocer al presidente González Videla que nuestro país esperaba contar con el puerto de Arica, cuya cesión lo anhelaba desde el inicio de su historia republicana, por ser su puerto natural. Pero el presidente chileno le aclaró que su gobierno rechazaría cualquier petición que incluyese la entrega de Arica, por consideraciones de carácter histórico y patriótico. No tuvo más remedio el embajador Ostria que circunscribir las aspiraciones bolivianas a una franja al norte de Arica. Una vez delimitado el territorio que Chile cedería a Bolivia, la negociación ingresó en una etapa más complicada: la de las compensaciones.

Uno de los cancilleres chilenos, don Germán Riesco, le exigió que Bolivia especificara claramente cuáles serían las compensaciones territoriales y comerciales que otorgaría en pago de la franja.  Ostria respondió que su gobierno no podía dar compensaciones territoriales sino a cambio de Arica. Ello determinó que la entrevista terminara muy fríamente, pero con el consejo del canciller Riesco que en Bolivia se meditase lo difícil que era para un país acordar entregas territoriales sin recibir otras a cambio. Tuvo que sucederse un cambio de cancilleres en Chile para que la negociación marchara más definidamente. Don Horacio Walker Larraín, decidido partidario de un arreglo con Bolivia, una vez posesionado como ministro de Relaciones Exteriores, accedió a los requerimientos de Ostria de oficializar la negociación que se estaba llevando a cabo desde hacía tres años.

Es así que se cursaron entre el embajador Ostria Gutiérrez y el canciller Walker Larraín las célebres notas del 1 y 20 de junio de 1950, mediante las cuales Chile aceptaba “entrar formalmente en una negociación directa destinada a buscar la fórmula que pueda ser posible dar a Bolivia una salida propia y soberana al océano Pacífico, y a Chile obtener compensaciones que no tengan carácter territorial y que consulten efectivamente sus intereses”.

Han pasado 63 años de la suscripción de esas notas, y nuestro país se encuentra todavía muy alejado del mar. Gran culpa de ello se debe a la generalización de la pérdida de fe en la posibilidad de obtener una costa propia. Y, evidentemente, si los propios bolivianos no nos afanamos en tratar de alcanzar el mar, éste no bañará nunca a nuestra patria.  Pues como dijo ese gran patriota que fue don Alberto Ostria, “las grandes soluciones de la Historia no son fruto de la inercia, sino de la voluntad de los pueblos orientada hacia un ideal. Y ese ideal, el ideal portuario, mientras no sea alcanzado vivirá lo que viva la nación”.    

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