Columnistas

La niebla de la guerra

Para ganar esta guerra, hay que salir de la niebla estratégica y distinguir bien al enemigo

Lluís Bassets

03:04 / 08 de enero de 2016

Es fácil declarar la guerra. Más difícil es librarla y ganarla. El llamamiento a las armas tiene un prestigio épico que la propaganda belicista aprovecha. Bate el tambor y los muchachos lo siguen con entusiasmo. Siempre hay un comienzo exaltado antes de la tragedia. Motivos para declararla no faltan: atacan nuestras capitales, persiguen y expulsan a millones de árabes de sus países en dirección a la tierra prometida europea, pretenden que restrinjamos nuestras libertades y cercenemos nuestras garantías individuales, arruinan los destinos turísticos del área mediterránea, destruyen fronteras y se proclaman soberanos sobre un territorio donde declaran un califato terrorista. ¿Hace falta algo más?

El filósofo de la guerra, Karl von Clausewitz, la definió hace casi dos siglos como “un mar inexplorado, lleno de rocas (...) que hay que surcar entre las tinieblas de la noche”. De su visión sale la idea de que toda contienda se halla sumergida en una espesa niebla en la que solo los generales más perspicaces y resueltos son capaces de orientarse.

En nuestra época de guerras asimétricas, la niebla desborda el campo de batalla, alcanza a los objetivos estratégicos y penetra en nuestras vidas y nuestro lenguaje. Esa fuerza terrorista, minúscula al lado de las mayores potencias militares, saca ventaja de todo, incluso de las palabras. Primero busca que se le reconozca como un Estado con una fuerte identidad ideológica y religiosa: islámico.

Es decir, el califato mahometano redivivo. Luego reta a sus enemigos: quiere que sus acciones criminales sean actos de guerra y que se le declare la guerra. Tiene para ello herramientas teológicas especiales: la yihad, que libran los muyahidines en cumplimiento del deber religioso de defender la religión verdadera.

La niebla también se cierne sobre la identidad del enemigo. Apenas sabemos quién es y de dónde sale. Entre los suníes es fácil atribuir su nacimiento a la CIA y al Mosad. Quienes se llevan la peor parte conspirativa entre nosotros son los regímenes petroleros del Golfo, con Arabia Saudí y Qatar en cabeza. Algo se le atribuye también a Turquía. Y a Bashar al Assad, naturalmente, puesto que se propone dividir a la oposición y convertirla en un enemigo peor que su propia dictadura.

Bajo la niebla no se distingue entre amigo y enemigo. Y, para colmo, nadie se enfrenta a uno solo, sino que tiene al menos dos. O tres, como Turquía: los kurdos, Bashar al Assad y el ISIS, probablemente por este orden. Para los saudíes el enemigo principal es Irán y el secundario, los terroristas califales que cuestionan su liderazgo islámico. Para Irán son dos en uno, porque amalgama el ISIS con los suníes del Golfo. Incluso los europeos tenemos dos, aunque pronto habrá que optar entre Al Assad, principal responsable de la destrucción del país y de la oleada de refugiados, y el ISIS, que quiere destruirnos.

Para ganar esta guerra, si acaso es una guerra, hay que salir de la niebla estratégica y distinguir bien al enemigo y a quienes pueden ser nuestros aliados. El derribo de un avión ruso por Turquía demuestra que andamos en dirección contraria, hacia donde la niebla se hace todavía más espesa.

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