Columnistas

La noche de la huacataya

El ‘Papirri’ ha compuesto, sin querer queriendo, la canción interminable.

La Razón (Edición Impresa) / Ricardo Bajo

23:34 / 08 de octubre de 2019

Llego tarde a la presentación del libro 40 años de canciones de Manuel Monroy Chazarreta, El Papirri (1979-2019). Es viernes por la noche, hace un frío infernal y la sala del renovado Espacio Patiño está repleta. En la testera, Omar Rocha Velasco dice que Manuel es una doble vía: su obra ha bebido de La Paz y sus personajes, pero a la vez, el Papirri ha (re)construido su propia ciudad, permitiendo que todos habitemos ese imaginario inventado, ese espacio soñado. Omar deja la palabra con una metafísica popular: “este texto está lleno de vacíos”.

Es el penúltimo oxímoron que se une a la larga lista de “metafísicas” de Manuel que, sin querer queriendo, ha compuesto la canción interminable. Llegarán los nietos de nuestros nietos y a bordo de alguna línea blanca paceña de teleférico sideral, tras la última chupa intergaláctica, alguien soltará otra metafísica popular y la canción —la más multiplicada y democratizada del mundo— no terminará nunca jamás.

“Me he dado cuenta de mí”, arranca el protagonista de la noche para recordar los primeros libros de canciones (“songbook”, dicen los que saben) que vio en una librería de Belo Horizonte allá por los años ochenta. Eran de Caetano, de Chico Buarque, de Tom Jobim y costaban su platita en dólares. Manuel miraba, tocaba y no compraba (no había quibo, Cirilo). El Papirri es de esos que ha invertido todo su capital en deudas, por eso ni siquiera tiene vinilos de sus primeros discos: “Si alguien tiene el Hasta ahurita, que me regale pues”. Luego comparten la mesa algunos de los autores de pequeños textos que acompañan las 40 canciones. La colega Marcela Araúz lee Del amor su bailecito, un himno a la emboscada, arrepentimiento y final. El director de la Orquesta Sinfónica Nacional, Weimar Arancibia, alaba la calidad musical de Manuel y sus séptimas disminuidas. La stronguista Katherine Gallardo, zurda y antropóloga, recuerda puras alegrías (el tri, el 24 de diciembre de 2016, el Chupita...). Y un amigo, Nicolás Suárez Eyzaguirre, rememora con nostalgia al niño Manuelito saltando de cama en cama en la lejana infancia compartida con sus padres. Antes de bajarse, el Nico nos deja otra metafísica: “En la ficción, el Manuel es bien real”.

Cuando me toca subir —fuera de programa— desde el fondo de la sala, acelero y me da paja leer mi texto: El Papirri es una cosmovisión. Me doy cuenta que todos han escrito sobre una canción menos yo. Manuel nunca me avisó de las reglas. En reciprocidad y venganza, me callo en siete idiomas y exijo que toque mi tema favorito: La huacataya. Dicho y hecho.

La parte musical de la noche comienza con el autocantor alteño Mauricio Segales en el charango, y con Tere Morales en la voz prodigiosa. Las dos últimas son inevitables. “Voy a tocar La Huacataya para poder salir vivo”, dice el Papirri, y entonces la sala del Patiño se convierte en la curva sur del estadium y sus coros de sopa y ensalada. Cuando sube el niño Johan para dar las réplicas en el Qué tal, metal, Manuel hace una apuesta: “si no fallas ninguna, te regalo mi libro”. Johan es una artista de verdad y gana of course, my horse. En los postres, un amigo del barrio, del viejo callejón detrás del cine, don Antonio Taboada, inventa con su equipo del Jallalla Cocktail Bar un nuevo trago. Lleva agua de Jamaica, vodka, cítricos, unas yerbitas, gotas de lúpulo y humo de romero quemado para disimular. De la noche, su huacataya.

Después nos vamos solitos y bien acompañados —pa’qués decir— al Choquelulu Coffee Shop, el único boliche que vende shop en jarra. Por ahí andan el Teodoro Quispe, el Llokallita moco tendido, el K’encha Terán, la Martita Luna, Eugenia y Maribel, la Hilariashón, Hugito Ormachea, la Margarita de la Garita y el Jhony Ormachea Villamor que hace rato dejó de ser aquella wawa del ch’enko total.  En lo único que nos ponemos de acuerdo —ahora que tenemos— es en exigir que la Cabeza de Zepita vuelva a su lugar, carajo, para sentarnos otra vez en su oreja y ver nuestras sonrisas en cámara lenta.

Post-scriptum: el libro se puede comprar en la librería El Baúl del Libro (frente a la UMSA, galería Viveros) y en las sucursales del periódico La Razón.

* Periodista y director de la edición boliviana del periódico mensual Le Monde Diplomatique. Twitter: @RicardoBajo.

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