Columnistas

La noche del 15 de julio

Las festividades colectivas ponen de manifiesto paradojas y contradicciones de la sociedad.

La Razón (Edición Impresa) / Patricia Vargas

00:13 / 20 de julio de 2017

Cada año, la verbena que se organiza como parte de las festividades julianas por el aniversario de La Paz confirma que se trata de un importante evento colectivo de estos festejos y, por ende, de la cultura urbana y popular de la sede de gobierno.

Esta expresión festiva se celebra en el espacio público más importante de la ciudad, San Francisco, que logró reconstituirse como tal luego de albergar multitudinarias expresiones de protesta y concentración popular. Allí, el 15 de julio, la población se apropió nuevamente de ese lugar, esta vez desplazando todo tipo de barreras intangibles y de delimitación visual, con lo que esa gran explanada retomó su valor de centralidad estratégica y expresión ciudadana.

Así, ese amplio proscenio tuvo una gran concurrencia y, como de costumbre, logró dislocar la vida cotidiana del centro paceño y desvelar realidades ocultas. Aun así, este tipo de festividades transforma ese espacio público respecto a su función urbana original.

En otros países, si bien en el pasado las fiestas convirtieron a algunas de sus calles o plazas en el escenario más concurrido de sus ciudades, en la actualidad aquéllas se encuentran desactivadas, porque existe el convencimiento de que las festividades colectivas son viejos recursos que ponen de manifiesto paradojas y contradicciones de la sociedad, además de que vienen acompañadas de grandes problemas, como asaltos, muertes y mucho alcohol, entre otros.

En La Paz, la verbena (independientemente de ser el evento más esmeradamente organizado por la municipalidad, debido a que es la fiesta con la que más se identifica la población) refleja una especie de collage de imágenes que relatan historias a través de distintas actividades, las cuales se convierten en un mapa de espacios rituales (rincones) en los que cada uno de esos pequeños sucesos se convierten en únicos. Asimismo, el baile, los cantos, las risas y toda la algarabía se constituyen en una experiencia atractiva, aunque no la única de esa noche, ya que otros pequeños festejos tienen lugar en los mercados de la ciudad.

En las arterias comerciales lo más atractivo y quizá poco visible, pero singular y apreciable, es cómo los puestos de venta se iluminan con farolitos, un detalle que logra remarcar con sensibilidad esas redes de la calle. Adicionalmente, esos espacios se ambientan con música transmitida por emisoras cuyas melodías expresan sentimientos de estima a esta urbe. Con esos pequeños y sencillos detalles los comerciantes dotan a esta festividad de una articulación cartográfica simbólica y singular que busca homenajear con buenos ánimos a esta ciudad.

De esa manera, la festividad de la noche del 15 de julio remarca esos territorios fragmentados, que relatan que La Paz es una ciudad que cuenta con una infinidad de identidades que nacen de la cultura urbana. Sin embargo, la verbena no solo visualiza la algarabía de la población, sino también —y de gran manera— los traumas, ajustes y desajustes de esta sociedad. Una revelación preocupante que trae el exceso de alcohol.

Con todo, la multiplicación de hechos circunstanciales y, en muchos casos, llenos de contradicciones son parte de esta celebración paceña. Y se confirma que en circunstancias festivas como la descrita todo espacio público es objeto de transformación, no solo por los cambios en la intensidad y el flujo poblacional que por allí se arremolina, sino también por la manipulación acústica y ornamental que en síntesis dan cuenta de que esta fiesta representa una auténtica performance.

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