Columnistas

Nuestro nombre es Mei Lin

Me pregunto quién defiende en el país a los que no pueden defenderse por sí mismos

La Razón / Helena Argirakis Jordán

01:23 / 27 de junio de 2013

El 19 de junio, los periódicos amanecieron con una horrorosa noticia respecto a la violación y asesinato de una niña de tres años a manos de un hombre de 25 años, trabajador del restaurante de pollos del papá de la nena. La muerte de Mei Lin Ke es otro más de los espeluznantes hechos de violencia sanguinaria que aparecen en las páginas policiales de los diarios, y que nos estremecen hasta el alma, ante la constatación de que existen monstruos capaces de semejante crimen. Capaces de aprovecharse de la inocencia, de la incapacidad absoluta de defenderse o de concebir el peligro, pero sobre todo, un millón de veces cobardes ante la infinita asimetría de poder entre la víctima y su victimario.

Pero a la vez nos hacen rechinar los dientes ante la rabia, la impotencia y el horror de la situación de indefensión de tantas niñas, prácticamente bebés que no sólo se encuentran en una situación de vulnerabilidad por su condición socioeconómica, sino también, y sobre todo, por su edad y género. No sólo estamos inmersos en un sistema machista  (falocrático, abusivo, violento y también feminicida) que se estrella, de la manera más ruin y cobarde, contra niñas (o niños), prácticamente infantes, que no pueden ofrecer la más mínima resistencia ante el horror de la cara de la violencia y la muerte.

Me pregunto, ¿quién defiende a los que no pueden defenderse por sí mismos? Si algunos padres  se muestran incapaces para cumplir con la tarea que se les fue encomendada, o simplemente están ausentes por los perversos engranajes a los que nos somete el capitalismo, ¿las niñas, niños y bebés están librados a su suerte, a la ley de la jungla, sujetos a la depredación de estos monstruos? ¿Quién se hace cargo? ¿Dónde están las iglesias, dónde están las instituciones privadas?

Al respecto, planteo aquí dos temas de diverso alcance pero interrelacionados. Por un lado, la eliminación estructural del sistema de violencia machista; y, por otro, la responsabilidad y alcance individual de la madre, del padre, de la familia, de la sociedad, las instituciones privadas y/o del Estado en la defensa, protección y preservación del bienestar de las niñas y niños. Las leyes y las sanciones públicas (cargadas de penas, condenas y años de prisión) vienen después del hecho de violencia, cuando el daño y el horror ya se han perpetrado. ¿Pero qué pasa cuando la víctima es tan chiquita, indefensa, subalternizada e invisible, cuando apenas camina y es tan frágil que no resiste físicamente la violencia machista?

Considero que necesitamos abrir nuestros corazones endurecidos para recuperar la capacidad de condolerse por el sufrimiento ajeno, de sentirlo como si fuera propio; pero por encima del chantaje emocional barato y banal, que persiguen los medios para la venta de sus ediciones. Equilibrar el sentimiento humanizante con la razón trascendente, para enfrentar y erradicar el horror, y no para naturalizarlo todos los días en los periódicos y noticieros que exponen los hechos en un macabro ritual trivializado al lado de las “publinotas”, la farándula y el clima. Que la sociedad cumpla con su rol humanizador.

A su vez, el Estado fue creado (desde la perspectiva normativa e institucionalista) para proteger la vida y seguridad de las personas, pero especialmente la de aquellos que no pueden defenderse a sí mismos. Por tanto, el Estado Plurinacional debe situarse estratégicamente en los niveles moleculares de la sociedad, no sólo para expresar su poder a la hora del castigo al agresor, sino sobre todo desde la manifestación útil del poder (si la hay…) de sentar presencia antes de que ocurran semejantes atrocidades. Esto será posible en la medida en que el Estado pueda abrir su perspectiva del poder, y declararse (desde la agenda 2025) en un territorio libre de violencia en todas sus manifestaciones, libre de agresiones, que devuelva el equilibrio de lo sagrado y eterno. Sólo así el sufrimiento, el dolor y la muerte de Mei Lin, así como la de tantas otras niñas preciosas y mujeres no habrá sido en vano. Éste debiera ser el gran objetivo para 2025.

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