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En el nombre del padre

La figura del padre ha sido susceptible de muchos acercamientos, tanto científicos como literarios.

La Razón (Edición Impresa) / Mitsuko Shimose

00:00 / 22 de marzo de 2015

En el nombre del padre es la autobiografía del irlandés Gerard Conlon, un hombre que estuvo 15 años preso, condenado con pruebas falsas por un crimen que no cometió. Su padre Guiseppe Conlon también estuvo preso junto a él y falleció encarcelado, por lo que le dedicó su libro, publicado en 1991, que inspiró la filmación de una película homónima en 1993.

Hubo muchos escritores que basaron su obra en su relación paterna. Una de las más conocidas es Carta al padre, de Franz Kafka, donde se percibe sumisión de parte del narrador, mientras que en El pez en el agua, de Mario Vargas Llosa, se transmite un tipo de rebelión ante la figura paterna.

Esta figura ha sido susceptible de muchos acercamientos, especialmente desde el psicoanálisis de Freud, de Jung y de Lacan. Tanto Freud como Jung abordan el tema desde la sexualidad, cada uno con sus particularidades específicas; mientras que el padre lacaniano, en cambio, es un significante que se sitúa en el nivel simbólico y lo que crea su función es el nombre del padre.

Sin embargo, más allá de lo que los hijos hayan escrito sobre sus padres, está lo que algunos padres redactaron para sus vástagos, como es el caso de Rudyard Kipling, quien hizo un poema en modo potencial, cuyo último verso dice: “Si puedes llenar el preciso minuto / Con sesenta segundos de un esfuerzo supremo, / Tuya es la Tierra y todo lo que hay en ella, / Y, lo que es más, serás un Hombre, ¡hijo mío!”. O la carta de F. Scott Fitzgerald para su hija de 11 años,  quien estaba de campamento, donde le pide que se despreocupe de cosas banales, pero que sea responsable de sus acciones. Está también la foto en donde Virginia Woolf observa hipnotizada a su padre que está leyendo sentado en un sillón de la sala.

Yo nunca estuve así como ella por el mío, pero siempre sentí su apoyo en momentos precisos de mi vida, desde una mano que agarraba la mía cada vez que la enfermedad me visitaba, hasta el fomento que me condujo a la lectura. Es probable que él no haya sido mi primer amor, como dicen varias teorías en cuanto a la relación entre un padre y una hija, pero sí me llevó a él: los libros.

En mi infancia, él no solo me regalaba cajones llenos de fábulas y de cuentos, sino que me daba la posibilidad de viajar desde la comodidad de mi hogar, de conocer mundos posibles y crear los imposibles, de sumergirme en las letras que llenaban mi cabeza de cuestionamientos y mi corazón de empatía. Además de haberme dado todo lo que tengo, palabras, me obsequió también una frase imperecedera: “Hagas lo que hagas, hazlo bien”, la cual me enteré, solo muchos años después, era de Lincoln.

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