Columnistas

El norte de Bolivia

Hoy, estas jóvenes mujeres con pieles canela abren los espacios del buen vivir en el norte amazónico

La Razón / Julieta Paredes Carvajal

00:01 / 16 de marzo de 2012

Parte de mi trabajo es visitar diversos lugares de nuestra Pachamama Bolivia. Una de las visitas que más me gusta es recorrer las tierras amazónicas, tan lindamente verdes, húmedas y calientes.

Los aprendizajes empiezan al propio momento de partir. En esta época de lluvias, sólo se puede llegar a esas tierras vía aérea y una de las primeras cosas que habitualmente pasa es que el avión no sale a tiempo, ni de ida ni de vuelta. Muchas veces también se pierden las maletas. Por eso aprendí a llevar medias y calzones en mi mochila, por si acaso. Las hermanas y hermanos amazónicos asumen este juego arbitrario de las empresas aéreas con nuestro tiempo casi con naturalidad.

Hace muchos años que el norte de nuestro país significa cuñapé tablilla o manjar blanco; es una manera oral de describir la ignorancia de los andinos y el apetito voraz de las oligarquías que a su turno saquearon la naturaleza y el trabajo de los hombres y especialmente de las mujeres en las zonas rurales de esa región del país.

Nuestra mentalidad reduccionista es la que nos hace ser chauvinistas ciegas y ciegos para mirar y admirar a la hermana y hermano amazónicos. Cierto que el norte supera a borbotones nuestra imaginación. Hay muchísimos más elementos para describir la vida en esas tierras, relaciones e historia que se filtran como riachuelos copiosos por debajo de esta Pachamama.

Qué ojos tan curiosos y pícaros tienen nuestras hermanas de tierras bajas, esas cinturingas tan delineadas y pieles tostaditas de tanto dejarse acariciar por el sol; cuerpos inteligentemente cubiertos para no dar ningún pretexto a que el calor las agote de sudores; ese caminar de palmeras erguidas y cadenciosas que corta en vaivenes el aire caliente de sus calles, plazas y mercados.

La distribución de los espacios es tan diferente. Lo que más se busca es la sombrita y el techo cuando llueve. A propósito, allí llueve de una manera muy diferente a como lo hace en el occidente. Pareciera que de pronto el cielo se pone juguetón y te dan baldazos de lluvia, luego se calma y al poco rato lo mismo. Mientras esperas que los baldazos pasen, la gente (especialmente las mujeres) te conversan, te cuentan espontáneamente sus historias, plagadas de nombres de cosas, frutas, personas, lugares, que al oído colla nunca me sonaron; y tengo que pedir que me repitan para entender lo que me dicen.

Cuando, después de sortear las calles de tierra roja arribo al taller que me invitaron y comienza el trabajo de reflexión, los aportes de las participantes me muestran la realidad de esta parte del territorio de Bolivia y su compromiso con el proceso de cambio. Estas sensaciones se las vive desde las ganas de conocer; saben un montón de cosas valiosas de las cuales aprender y yo aprendo. Me encuentro con el asombro de estas mujeres, mis hermanas, de ver que cómo ellas, indígenas y revolucionarias, son hoy reconocidas en lo que sentían y pensaban; que estaba bien rebelarse contra el patrón, porque hoy las mismas críticas  y denuncias que hacían son hechas leyes, para evitar que se repitan. Hoy esas  críticas y sentimientos se toman en cuenta. Pero también hay decepciones al ver que viejos derechistas y aprovechadores se han reciclado dentro del MAS.

Hoy, esos mismos fascistas que antes perseguían y golpeaban a la gente se visten de azul y toman decisiones. Pero también está la fuerza y energía amazónica que no se deja, que en medio de estos problemas y decepciones persisten en el escuchar, en el discutir de estas mujeres, en organizarse para hacer realidad los sueños de sociedad. Montadas en sus motos o caminando a pie con hartas wawitas alrededor, estas madres adolescentes, jóvenes mujeres con pieles de canela, abren los espacios del buen vivir del norte amazónico. ¡Jallalla hermanas!

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