Columnistas

La nueva economía y el remanente

La amarga división política que observamos en Estados Unidos puede tener profundas causas económicas.

La Razón (Edición Impresa) / Paul Krugman

09:12 / 02 de diciembre de 2018

Hace poco más de un año, la multinacional Amazon invitó a las ciudades y a los estados norteamericanos a que le presentasen ofertas para establecer en ellos su segunda sede central. Esto provocó una absurda lucha por saber quién conseguiría el dudoso privilegio de pagar grandes subvenciones a cambio de un empeoramiento de la congestión de tráfico y de unos precios de la vivienda más elevados (respuesta: Nueva York y el área metropolitana de Washington DC fueron los “ganadores”).

Pero no todo el mundo tenía posibilidades de “ganar”. Amazon especificó que solo establecería la nueva sede en un distrito electoral demócrata. De acuerdo, no es literalmente lo que dijo la multinacional de ventas. Solo limitaba la competencia a “zonas metropolitanas con más de un millón de habitantes” y a “emplazamientos urbanos o suburbanos con posibilidades de atraer y retener a un importante talento técnico”. Pero en el próximo Congreso estadounidense, la gran mayoría de lugares que cumplen esos criterios estarán representados por demócratas.

A lo largo de la última generación, las regiones de Estados Unidos han experimentado una profunda divergencia económica. Las zonas metropolitanas ricas se han vuelto más ricas todavía y atraen cada vez más a los sectores que más rápido crecen del país. Por otra parte, las localidades pequeñas y las zonas rurales se han quedado rezagadas y forman una especie de remanente económico abandonado por la economía del conocimiento.

Los criterios para establecer la sede central de Amazon ilustran a la perfección las causas de esa divergencia. En la nueva economía, las empresas quieren tener acceso a grandes grupos de trabajadores con una formación elevada, que solo pueden encontrarse en zonas metropolitanas grandes y ricas. Y las decisiones de grandes empresas como Amazon sobre su ubicación atraen incluso a más trabajadores muy cualificados a esas zonas. En otras palabras, se trata de un proceso acumulativo que se consolida y que, de hecho, está dividiendo a Estados Unidos en dos economías. Y esta división económica se refleja en la división política.

En 2016, naturalmente, las partes de Estados Unidos que se están quedando rezagadas votaron en gran medida por el candidato republicano. Los medios informativos respondieron con muchos perfiles de partidarios de Donald Trump rurales sentados en cafeterías. Pero ha resultado que esta táctica ya no funciona. El trumpismo tiñó de rojo republicano las regiones estadounidenses rezagadas, pero las reacciones contra el trumpismo han teñido completamente de azul demócrata las regiones en crecimiento.

Por qué las regiones rezagadas se han desplazado hacia la derecha y las regiones prósperas hacia la izquierda? No parece que haya sido por el interés económico. Es cierto que Trump prometió restablecer los puestos de trabajo tradicionales en los sectores de la fabricación y la minería del carbón, pero esa promesa nunca fue creíble. Y el programa político republicano ortodoxo de bajar impuestos y recortar los programas sociales, que es básicamente el que sigue Trump en la práctica, en realidad perjudica a las regiones atrasadas, que dependen mucho de cosas como los cupones de alimentos y las ayudas a las personas con discapacidad mucho más de lo que perjudica a las zonas prósperas.

Es más, en los datos electorales hay poco o nada que apoye la idea de que la “preocupación económica” hizo que la gente votase por Trump.

Como se constataba en Identity Crisis (Crisis de identidad), un nuevo e importante libro escrito por John Sides, Michael Tesler, Lynn Vavreck que analiza las elecciones de 2016, lo que distinguía a los votantes de Trump no eran las dificultades económicas, sino las “actitudes relacionadas con la raza y la etnicidad”.

Sin embargo, estas actitudes no están separadas del cambio económico. Aunque personalmente les vaya bien, muchos de los votantes de las regiones rezagadas se sienten agraviados y tienen la sensación de que las deslumbrantes élites de las ciudades superestrella les están faltando al respeto, y esa sensación de agravio se convierte muy fácilmente en antagonismo racial. Por lo contrario, la transformación del Partido Republicano en un partido nacionalista blanco separa a los votantes (incluso a los votantes blancos) en esas zonas metropolitanas grandes y prósperas. De modo que la división regional se convierte en un abismo político.

¿Se puede salvar este abismo? Sinceramente, lo dudo. Podemos, y debemos, hacer muchas cosas para mejorar las vidas de los estadounidenses en las regiones atrasadas. Podemos garantizar el acceso a la sanidad, y podemos aumentar las rentas con ayudas salariales y otras políticas —de hecho, las desgravaciones de la renta, que ayudan a los trabajadores con salarios bajos, ya benefician desproporcionadamente a los estados con rentas bajas—. Pero recuperar el dinamismo en estas regiones es mucho más difícil, porque significa nadar en contra de una poderosa corriente económica.

Y la sensación de que le están dejando atrás puede indignar a la gente aunque sus necesidades materiales estén cubiertas. Esto es lo que vemos, por ejemplo, en la antigua Alemania del Este: a pesar de la enorme ayuda económica de la parte occidental y los generosos programas sociales, los “ossis” (mote con el que se conocía a los ciudadanos de la República Democrática Alemana, conocida también como Alemania del Este) se sienten agraviados porque consideran que son ciudadanos de segunda, y muchos de sus votos han ido a parar a partidos de extrema derecha.

Por tanto, la amarga división que observamos en Estados Unidos (la fealdad que invade nuestra política) puede tener profundas causas económicas, y es posible que no exista ninguna manera de eliminarla en la práctica. Pero la fealdad no tiene que dominar. La mayoría de los votantes blancos rurales siguen apoyando al trumpismo, pero no son mayoritarios; y en las elecciones de mitad de mandato un número significativo de esos votantes rechazó el programa nacionalista blanco. Así pues, Estados Unidos es un país dividido, y es probable que siga siéndolo durante un tiempo. Pero la parte buena de nuestra naturaleza todavía puede imponerse.

Es profesor de Economía en la Universidad de Princeton y Premio Nobel de Economía de 2008.

© 2015 The New York Times. Traducción de News Clips.

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