Columnistas

Las nuevas élites Qchalas

En Cochabamba, la nueva élite revolucio-naria no logró susti-tuir a sus mayores y predecesores.

La Razón / Gustavo Rodríguez

02:43 / 11 de noviembre de 2012

Asistimos a una recomposición de las élites bolivianas. De la de Santa Cruz, por ejemplo, siguiendo a Marx podríamos decir que ha preferido perder la corona con tal de conservar la bolsa. La historia de Cochabamba luce sin embargo tempranamente distinta. En la región, desde el cénit del siglo XIX ya se vislumbraba una crisis del sistema hacendal y la emergencia de productores campesinos parcelarios, por lo que la distribución de los latifundios entre los colonos en pequeños terrazgos no fue sino la continuación de este proceso histórico. La agudeza y profundidad de la operación de reparto de la tierra, explicable por la fuerza latente de los sindicatos y organizaciones campesinas, desbarató al grupo terrateniente, quienes hasta entonces fueron la cúspide del poder local. La Revolución Nacional de 1952 desmanteló, a sangre y fuego, las estructuras de poder en Cochabamba, asentadas en la propiedad latifundista de la tierra, labradas desde la conquista española. Los gamonales no eran precisamente una clase orgánica ni compacta. Se dividían por riqueza y accesos a los bienes culturales y de prestigio, pero controlaban el departamento; ocupaban los principales cargos de representación en el gobierno local y disponían de expeditos canales de comunicación y ministerios en el Poder Ejecutivo.

Llegaron sin embargo al embate de 1952 debilitados económicamente y sin capacidad de reproducirse culturalmente. Eran, por decirlo en términos de Gramsci, un sector dominante, pero ya no dirigente. Las familias de vieja raigambre vieron cómo, paradójicamente, sus propios vástagos arropados en el lenguaje modernizador del marxismo y el nacionalismo revolucionario las condujeron al derrumbe. Y en ello se les fue la vida y el poder.

Los clanes terratenientes no fueron remplazados por una burguesía industrial innovadora. Las inversiones fueron escasas, al igual que su renovación tecnológica. La nueva élite revolucionaria, en hombros de las masas laborales y campesinas, no logró sustituir a sus mayores y predecesores en la conducción de la economía regional. Las “familias bien” aprovecharon en cambio sus redes familiares y su capital cultural para usufructuar los pequeños espacios burocráticos, que se estrechaban día a día. Medraban de los fondos estatales usados muchas veces con sentido patrimonialista; puesto efímero y quebradizo, desde donde intentaban ejercer dominio y dirección. Sus últimos reductos. En adelante, al reducirse el espacio, estarán más dispuestos a migrar al exterior o al oriente del país que a dar batalla y meterse en una pelea por el liderazgo regional, el que seguramente ya daban por perdido.

En el cénit del siglo XX, la sociedad y la estructura de clases en Cochabamba se torneó al reflejo de una economía volcada, como antaño al mercado interno, casi plana y sin grandes concentraciones financieras y de capital. Presentaba contrastes, con nichos de pobreza rural y femenina es cierto; pero sin la presencia de amplio núcleo de ricos y clase medias criollas. Si ellas conservaron cierto poder económico, perdieron liderazgo y tuvieron que cederlo a una masa mestiza e indígena, que pujante y decidida se alzó con el nuevo siglo y de la mano del MAS desde los intersticios de la sociedad, para copar la política y disputar la economía: transportistas, comerciantes, regantes y campesinos del trópico.

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