Columnistas

Sobre la ocupación de Antofagasta

El plan chileno no sólo incluía la toma de Antofagasta, sino también la provincia peruana de Tarapacá

La Razón / Ramiro Prudencio Lizón

00:23 / 01 de febrero de 2012

En el presente mes se conmemora un nuevo aniversario de la invasión a Antofagasta. En efecto, el 14 de febrero de 1879, tropas chilenas al mando del coronel Emilio Sotomayor desembarcaron y tomaron ese puerto, hecho que dio inicio a la Guerra del Pacífico. Cabe señalar que existe actualmente entre historiadores de los tres países involucrados en esa contienda una corriente interesada en estudiar la posibilidad de escribir una historia de la guerra con la mayor comprensión y ánimo integrador. Evidentemente es una laudable intención, pero muy improbable de lograr, ya que los problemas devengados de ella, como la salida al mar de Bolivia, no se han podido resolver  hasta ahora.

Además, existen aspectos de ella en que Chile muy difícilmente cambiaría de opinión, como el relativo a las causas de la guerra. Allá se menciona constantemente que sería Bolivia la causante de la misma. Pero para el país, la cuestión de los motivos que provocaron la ocupación de Antofagasta es de fundamental importancia. No podemos los bolivianos callarnos ante una afirmación de que por culpa de la ley de los diez centavos, Chile se sintió obligado a invadir territorio boliviano. Actualmente el Gobierno nacional está terminando de nacionalizar las acciones de una gran empresa argentina de petróleo y no por ello la República Argentina tendría derecho a invadir nuestro país.

El origen de la Guerra del Pacífico no fue la mencionada ley de los diez ctvs, sino el plan chileno, preparado con antelación, de apoderarse  por lo menos de la zona sur del litoral boliviano, donde estaban ubicados los puertos de Antofagasta y Mejillones, y la zona interior de Caracoles. Y el argumento en que se basaba era el asentamiento de una gran población chilena en ese territorio, población que tarde o temprano se alzaría contra las autoridades locales y pediría su anexión a Chile.

El más importante historiador chileno, don Francisco Antonio Encina, dice al respecto: “La población chilena, por impulso espontáneo de la sangre, tenía que rebelarse contra la soberanía artificial de Bolivia y tender hacia Chile, cualesquiera que fueran la prudencia y honradez de los funcionarios bolivianos”. Pues bien, los gobiernos chilenos anteriores a la guerra, conscientes de ello, organizaron un fuerte ejército y una poderosa escuadra para llevar a cabo esa anexión. En general, los textos escolares de historia de ese país  dan cifras muy reducidas (2.000 soldados) sobre la constitución del ejército chileno cuando comenzó la guerra.  Pero el historiador chileno don Ignacio Santa María hace referencia a 14.000 hombres en pie de guerra, armados con los fusiles más modernos de la época, y apoyados por 16 cañones Krupp de acero. Este potente ejército esperaba día a día el levantamiento de la población chilena contra las autoridades bolivianas en la zona de Antofagasta; levantamiento fomentado naturalmente por el gobierno de ese país.

Pero en vez de que ello sucediera, provino la cuestión de la ley de los diez centavos que facilitó grandemente el plan chileno, el cual no sólo incluía la toma de Antofagasta, sino también la rica provincia peruana de Tarapacá, donde también habitaba una considerable población de esa nacionalidad. El gobierno de la Moneda bien sabía de la existencia de un tratado secreto entre Bolivia y Perú, tratado motivado por el temor a esa expansión chilena y, por tanto, obró en consecuencia. Preparó la guerra no contra Bolivia, país que no tenía recursos ni posibilidades de defender su litoral, sino contra Perú, para arrebatarle Tarapacá, con lo cual obtendría el control total del salitre del mundo.

Evidentemente, es una ardua tarea buscar la debida imparcialidad y comprensión en hechos que han provocado un distanciamiento que dura más de un siglo. Sólo cuando nuestro país solucione su problema marítimo, mediante una salida propia y soberana al mar, se podrá estudiar la Guerra del Pacífico como un acontecimiento del pasado, porque la lacerante herida provocada por ella, dejará de lastimar por fin a bolivianos y peruanos.

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