Columnistas

Sin odiosas pleitesías

El mensaje de amor que se visibiliza con el cristianismo nos invita a dejar a un lado las diferencias

La Razón (Edición Impresa) / Grover Cardozo

00:02 / 01 de enero de 2015

La Navidad, a partir de su intrínseca espiritualidad, es quizá uno de los mejores momentos de la vida en sociedad; por lo bueno, momento de abrazos y reencuentros entre amigos y familiares; y por lo malo, tiempo en el que queda muy marcada la dura realidad social con sus odiosas jerarquías y diferencias.

El mensaje de amor que se visibiliza con el cristianismo tiene la virtud de invitarnos a dejar a un lado las diferencias étnicas, sociales y culturales, para hacernos ver que igualitos somos los ricos y los pobres, los letrados e iletrados, los mensajeros, ministros, famosos y desconocidos. Este último criterio, en lo personal, me llevó a saludar en estos días con una tarjeta a amigos, familiares y compañeros —incluido el Presidente del Estado— sin colocar en el membrete la denominación de su jerarquía o cargo, y a tratarlos como lo que son: señor o señora, amigo o amiga, porque justamente es como personas y sin cargos —como humanos que somos— que pesamos lo que pesamos y nos tenemos que mirar.

¡Qué bello es saludar a una amiga o amigo por lo que es y no por lo que tiene o por el cargo que en ese instante ostenta! Los cargos y las situaciones pasan y las personas quedan; y son las personas, como tales, las que interesan, porque se irán del mundo como vinieron a él.

Verdadera pena produce ver a amigos cuando dejan el cargo, pierden la fortuna o la fama los abandona. Caminan como almas en pena, y claro, ahora sí están prestos a saludar educadamente porque las circunstancias indican que retornaron al humilde planeta Tierra.

Tal vez sea hora de ver maneras para horizontalizar más a la sociedad. Dar unos pasos más hacia esa horizontalización contribuiría en mucho a la salud mental de la gente. No me cae nada bien que la sociedad —o una buena parte de ella— ignore con tanta brutalidad al heladero de la esquina o ningunee a las trabajadoras del hogar; y por contrapartida, idolatre desmedidamente al que está investido de fama, poder o riqueza. Rendir pleitesías a personas que ocupan un cargo circunstancial es lo menos democrático que puede ocurrir, sobre todo cuando a los cuatro vientos se pregona fortalecer la inclusión y construir una sociedad de iguales.

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