Columnistas

La oficina

Tras la caída de Pinochet se formó un aparato de inteligencia contra los radicales de izquierda.

La Razón (Edición Impresa) / Jaime Iturri

00:00 / 23 de junio de 2017

A veces para exorcizar los demonios de un recuerdo es necesario contarlo como un cuento”, dice Isabel Allende, y creo que su compatriota Luis Sepúlveda lo hace en El fin de la historia, su más reciente novela.

Se trata de la secuela de Nombre de torero y el regreso de Juan Belmonte. El personaje fue miembro del “Grupo de Amigos del Presidente” (del cual el propio Sepúlveda fue parte) organizado para proteger a Salvador Allende y cuyos militantes en su mayoría fueron asesinados después de que combatieron defendiendo La Moneda, el palacio presidencial donde el último presidente de izquierda de Chile perdió la vida. Luego del golpe fue parte de la resistencia hasta que tuvo que salir al exilio, de ahí a entrenarse en la URSS para ir a pelear en la célebre Brigada Internacional Simón Bolívar, que combatió la dictadura de Somoza con los sandinistas.

Pero no les voy a contar la trama, porque, finalmente, deseo que lean el libro. Sin embargo, quiero sí rescatar la historia, colateral, de un horror: la formación de un aparato de inteligencia contra los radicales. Caía la dictadura de Pinochet y los políticos demócratas pactaron aceptar la Constitución del dictador y barrer bajo la alfombra el pasado. No pudieron hacerlo con las violaciones a los derechos humanos, eso era imposible, pero sí crearon La oficina: “Su finalidad era terminar con las acciones armadas de las organizaciones de extrema izquierda surgidas en la lucha contra la dictadura, y asegurar la paz social (...) La integraron exagentes de la represión dictatorial y mercenarios renegados de su pasado revolucionario (…)”.

La revolución debería proteger a sus hijos; mas esto no siempre pasa, o hay hijos e hijos, si usted lo prefiere. Así, algunos de los más ultras se pasaron con armas y bagaje al neoliberalismo. Otros se dedicaron a hacer sus propios trabajos de “recuperación” (léase robo), de extorsión, de fabricación de videos, cartas, fotografías y todo lo que a su parecer podría ser vendido en el mercado negro de la guerra sucia.“El día en que Caín mató a Abel comenzó la política”, dice uno de los personajes de la novela; y claro que nosotros conocimos a varios caínes. Los que

hicieron su propio negocio con el entrenamiento que les dieron.Hace unas semanas entrevisté a Alfonso Ossandón, un militante del Frente Patriótico Manuel Rodríguez, expulsado de una pequeña escuela de Santiago por pedirles a sus alumnos (algunos de ellos hijos de bolivianos) que leyeran El libro del mar. Ven, la oficina existe. Pero no venció, todavía hay chilenos como Alfonso, en las calles, en la lucha. Hombres que saben que “No podemos huir de la sombra de lo que fuimos”; ni podemos, ni queremos.

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