Columnistas

La ola ecologista que se avecina

Un presidente con la visión de un capitalista ladrón está atacando el núcleo de la industria limpia.

La Razón (Edición Impresa) / Timothy Egan

00:10 / 15 de septiembre de 2018

Si las emociones fueran agua y tomaras la tristeza de las millones de personas que siguieron el sufrimiento de una orca famélica que estaba en duelo por la muerte de su ballenato, tendrías un río del tamaño del poderoso Amazonas. Si el enojo fuera un volcán y liberaras toda la ira que sienten las personas a diario por el robo de terrenos públicos por parte del gobierno de Trump, tendrías una erupción tan iracunda como la del monte Santa Elena. Y si un solo segmento no organizado de votantes, los 60 millones de observadores de aves en Estados Unidos, enviaran un mensaje político unificado este otoño, tendrías un bloqueo político con más de 10 veces la cantidad de miembros de la Asociación Nacional del Rifle (NRA, por sus siglas en inglés).

Una ola verde se avecina en noviembre, la fuerza acumulada de los electores más ignorados de Estados Unidos. Estos independientes, los marginados demócratas y republicanos adeptos a Teddy Roosevelt, han permanecido en silencio a medida que la Administración  Trump ha tratado de destruir un siglo de amor bipartidista por la Tierra.

Pero ya no callarán. La política, como la tercera ley del movimiento de Newton, trata acerca de la acción y la reacción. Mientras Donald Trump busca apoyar la sucia y decadente industria del carbón con subsidios tributarios, la industria de la recreación al aire libre ha respondido con clamor. Se trata de una economía que genera 374.000 millones de dólares anuales, de acuerdo con cálculos del propio Gobierno, y más del doble, de acuerdo con cálculos del sector privado. Esa cantidad es mayor al conjunto de las industrias minera, petrolera, gasera y de explotación forestal. Sin embargo, un presidente con una visión de la naturaleza digna de un capitalista ladrón está atacando el núcleo de la industria limpia y va en crecimiento.

Escribo desde el oeste de Estados Unidos, una zona asfixiada por la contaminación, donde la calidad del aire en las grandes ciudades ha alcanzado este mes límites peores a los de Pekín. Mientras Trump pasa los días comparando a las mujeres con perros y envía mensajes insensatos por Twitter acerca de los ríos que fluyen hacia el mar, el incendio forestal más grande en la historia de California arde sin control.

Después de los cuatro años más calurosos jamás registrados, los científicos advierten que los próximos cinco años serán “anormalmente cálidos”, pero Trump, que ni siquiera comprende los husos horarios, mucho menos podría entender los trastornos atmosféricos. Ante estos cambios que alteran nuestras vidas, el Presidente de Estados Unidos esboza nuevas normas para permitir que los grandes contaminantes puedan elevar la temperatura del planeta. En tanto que las orcas del estrecho de Puget mueren de inanición, Trump busca debilitar la ley que protege especies en peligro de extinción. Y, mientras los amantes del aire libre rompen récords de visitas a los bosques y parques nacionales, Trump elimina la protección de las tierras.

No se trata de boberías ecologistas o proyecciones fantasiosas. Es posible ver y sentir la energía en lugares ignorados por la prensa política nacional. “Si Washington va tras nuestros monumentos, agua o espacios públicos de nuevo, tendrá que pasar sobre mí”, dice Xochitl Torres Small, una demócrata con un 50% de obtener un escaño en Nuevo México, puesto que desde hace mucho tiempo ha sido ocupado por republicanos, en un anuncio que muestra su talento político.

La revuelta se inició luego de que Trump eliminase varios parques nacionales en el oeste el año pasado: la mayor reducción de terrenos públicos bajo protección en nuestra historia. Patagonia, la tienda minorista de artículos para actividades al aire libre, respondió con una pantalla en blanco en su página de internet y este mensaje: “El Presidente robó tu tierra”. Fue el primer disparo de una batalla que se ha ido intensificando todo el verano.

En la bulliciosa exposición comercial nacional de la gran industria de las actividades al aire libre, que se llevó a cabo en Denver el mes pasado, los minoristas que atienden a los 144 millones de estadounidenses que participaron en alguna actividad al aire libre el año pasado, o a los 344 millones de visitantes de los parques nacionales en general, juraron ejercer su poder en las próximas elecciones intermedias.

Se burlaron de lo absurdo de fomentar el carbón cuando hay más instructores de yoga en Estados Unidos que personas que trabajan para producir una fuente de combustible sucia. Quedaron consternados al ver que Ryan Zinke, el secretario del Interior, quien se muestra cada vez más extraño, culpaba a todo excepto al cambio climático de los épicos incendios forestales de este verano. Y prometieron que en otoño se harían escuchar.

“Nosotros cazamos y pescamos”, dijo Land Tawney, habitante de Montana que dirige al grupo de cazadores y pescadores Backcountry Hunters and Anglers, que crece con rapidez. “Y votamos por los terrenos públicos y el agua”. Únicamente uno de cada 10 votantes cree que los estadounidenses deberían utilizar más carbón. Y más del 80% de los millennial, que en un futuro conformarán la población más grande de electores si se presentan a ejercer su derecho al voto, creen que hay pruebas sólidas detrás de estas caprichosas manifestaciones de un planeta sobrecalentado.

La ciencia, según cree una gran mayoría, no es una conspiración. Sin embargo, esta gran mayoría ha sido ignorada. Esta gente está lista para “hacer a un lado nuestras diferencias y mantenernos unidos por los lugares que amamos”, como señalaron Tawney e Yvon Chouinard, fundador de Patagonia, en una publicación en The Denver Post.

Se verá en Minnesota, donde 140.000 personas que trabajan en la industria de la recreación al aire libre están furiosas por el intento de Trump de abrir una mina de sulfuro de cobre cerca del terreno silvestre Boundary Waters. Se verá en la media decena de contiendas cerradas para obtener un puesto en el Congreso en California, donde el Gobierno prepara el golpe más grande a la salud pública, con su ataque a la normatividad de las emisiones.

Si el interés propio impulsa esta ola, es porque así es la naturaleza de la política. En una época de verdadero peligro para las cosas que le encantan a la mayoría de los estadounidenses, la silenciosa mayoría ecologista ya está harta.

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