Columnistas

El oligarca suicidado

A sus 67 años, Abramovitch se quitó la vida o, quizá, fue asistido por una tenebrosa mano negra

La Razón / Carlos Antonio Carrasco

01:47 / 30 de marzo de 2013

Hace algún tiempo, eran los japoneses quienes monopolizaban la fama de generosos nuevos ricos. Luego, el flujo petrolero cedió ese honor a los árabes, que abrían sus alforjas repletas de dólares para abastecerse de mercancías de lujo en cantidad. Hoy día, son los rusos apodados novorich,  por sus envidiosos compatriotas,  quienes arriban en cascada a la Costa Azul, a la berlinesa avenida Kurfursterdam o a las boutiques londinenses de Knightbridge para saciar su sed de ostentación, y así cobrarle a la vida una revancha por los largos años de miseria y privaciones que sufrieron durante el paraíso socialista instaurado por la revolución rusa.

La implosión de la Unión Soviética en 1989 y la subsiguiente subasta de las empresas del Estado, privatizadas alegremente, produjo una fiebre especulativa de donde emergieron fortunas frescas de la noche a la mañana, en poder de hábiles mercachifles, generalmente de origen judío, que no tardaron en apostar sus reales para, también, capturar el poder político directamente o usando intermediarios que requerían financiamiento para sus campañas políticas que la naciente democracia les brindaba.

Mientras el bajo pueblo observaba absorto el surgimiento de millonarias riquezas en pocas manos, los apodados “oligarcas” desafiaban la ira popular, circulando en sus automóviles  Mercedes, construyendo dachas lujosas en el Mar Negro y costeándose costosas vacaciones en el extranjero. Era la nueva clase que con el advenimiento de la democracia, “a la occidental”, había reemplazado al sueño de la dictadura del proletariado que nunca fue y que más bien era la administración estatal ejercida por una burocracia inepta y corrupta.

Entre estos oligarcas brillaba por su inteligencia Boris Abramovitch  Berezovski (BAB), quien mezclaba sus conocimientos científicos (aeroespaciales) con negocios cada vez más turbios, en acero, petróleo, medios de comunicación, etc. Eran los días que comenzó a rumorearse la existencia de las mafias rusas, verdaderas milicias privadas al servicio de intereses mercantiles y políticos.

Cuando el atribulado Boris Yeltsin, entre vodka y vodka, designó como su sucesor al más insípido de sus ayudantes, el exagente de la KGB Vladimir Putin, el astuto Berezovski respaldó con plata e influencia el vertiginoso ascenso del delfín. Los réditos fueron cuantiosos y la fortuna del rico semita se multiplicó paralelamente a sus ambiciones políticas. El olfato canino del flamante patrón del Kremlin sospechó alguna travesura del inquieto oligarca, y éste cayó rápidamente en desgracia, hasta salvar el pellejo escapando a Londres, donde se instaló con gran pompa, pensando en desestabilizar a Putin, en poco tiempo. Sus penurias aumentaron como su portafolio, pero la nostalgia de la madre patria fue insoportable, luego de 13 años de ostracismo. Dos días antes de su muerte, confesaba a un periodista que había perdido el gusto por la vida, que subestimó la inercia rusa frente a la fortaleza del Estado y que había, además, sobrevaluado las ventajas del mundo occidental.

Se dice que pidió perdón a Putin, para volver a la modernizada Moscú. No tuvo tiempo. Murió de aburrimiento, el pasado viernes 23 de marzo, en el sauna de su mansión británica, llena de vapor, contando sus cinco billones de libras esterlinas ocultas en su faltriquera financiera, calculando con sus dedos los días que aún le quedaban a sus ya vividos 67 años y mirando, en el empañado espejo, su corto cuerpo rechoncho, su calva calavera, las verrugas de su rostro, su panza inflada y sus anchos pies de plantígrado siberiano. Prefirió quitarse la vida o —quizá—  fue asistido en su propósito por la tenebrosa mano negra que años atrás asesinó a su edecán Alexandre Litvinenko, inyectando polonio en su taza de té. Otro misterio eslavo de difícil conjetura.

Es cientista político y miembro de la Academia de Ciencias de Ultra-mar de Francia.

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