Columnistas

El ombligo del mundo

Ante la magnificencia de Machu Picchu se corre el riesgo de idealizar la historia incaica

La Razón / Carmen Beatriz Ruiz

00:11 / 14 de noviembre de 2012

Pusieron por punto o centro (del Tahuantinsuyu) la ciudad del Cozco, que en la lengua particular de los Incas quiere dezir ombligo de la tierra: llamáronla con buena semejança ombligo, porque todo el Perú es largo y angosto como un cuerpo humano, y aquella ciudad está casi en medio” (sic). (Comentarios Reales, que tratan del origen de los Incas, reyes que fueron del Perú, de su idolatría, leyes y gobierno en paz y en guerra, de sus vidas y conquistas, y de todo lo que fue aquel imperio y su república, antes que los españoles llegaran a él. Escritos por el Inca Garcilazo de la Vega, “un mestizo, natural del Cusco y Capitán de su Majestad”, y publicados en Lisboa, en 1609).

La construcción imperial data del siglo XIII, cuando la ciudad y sus fortalezas fueron concebidas como la capital del imperio inca y, por tanto, su centro, en el proceso de una abierta y rápida expansión quechua marcada por las sucesivas victorias sobre los pueblos que iban anexando. La invasión española (Francisco Pizarro tomó posesión de la capital del imperio inca el 15 de noviembre de 1533) potenció a Cusco como una ciudad de enlace en la región andina, amplió las explotaciones mineras y la producción agrícola, y sometió hasta el paroxismo sus fuentes de riqueza, asaltando lugares ceremoniales, fundiendo en lingotes cuanto podía ser fundido y construyendo iglesias católicas encima de las violentadas construcciones incaicas. Koricancha, uno de los templos dedicados al culto del Sol, es un dramático testigo de ese proceso, porque aún hoy pueden verse sus murallas, que desprovistas ya del oro, sostienen la iglesia de Santo Domingo, dedicada a los nuevos dioses. 

Las joyas de Cusco son numerosas, desde construcciones emblemáticas como Koricancha, Sacsayhuaman,  Ollantaytambo, en parte ciudades, fortalezas y en parte centros ceremoniales; los tambos que quedaron debajo de las iglesias; las iglesias coloniales y su deslumbrante riqueza de estilo barroco; las plazas con nombres sugerentes; la infinidad de balcones; las piedras de múltiples ángulos; las calles adoquinadas y, como no, los innumerables recovecos alumbrados por farolitos temblorosos; hasta maravillas naturales como el río Urubamba y construcciones para la producción agrícola, como las terrazas o andenes que convirtieron las montañas en escalonadas tierras de cultivo.

La joya mayor es Machu Picchu, ubicada a 130 kilómetros al noroeste del Cusco, en la provincia de Urubamba, en la cresta del cerro del mismo nombre. Está al medio de tres picos que intentan tocar el cielo. La ciudadela tiene lugares para el estudio de la astronomía, para la conservación de especies y para la ritualidad. “Construido en un lugar recóndito e inexpugnable del valle de Tampu, por Pachacutec, el fundador del Tawantinsuyu, fue concebida como refugio, morada y secreto militar de lo más selecto de la aristocracia Inca en caso de un sorpresivo ataque” (Lizardo Tavera, Arqueología del Perú).

Ante la magnificencia de Machu Picchu se corre el riesgo de idealizar la historia incaica, anulando las sombras de un imperio de férrea dominación en su entorno. Pero, más allá de una trasnochada antropología romántica, vale la pena preguntarnos qué nos dicen esas construcciones y de qué forma nos hablan. Por lo menos que en lugar de tanta cháchara inventada, que nuestras autoridades cuiden y difundan esa parte de nuestra historia y sus monumentos, a ver si eso hace algo por nuestra mermada autoestima.  

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