Columnistas

Clima y capitalismo global

Lo que muestran los jóvenes activistas es que hay una amenaza existencial en la crisis ecológica mundial.

La Razón (Edición Impresa) / Debora Diniz

09:21 / 22 de septiembre de 2019

La Cumbre sobre Acción Climática de las Naciones Unidas convoca a un cambio en las economías para proteger el planeta. La propuesta de la reunión llama a la transformación económica para respetar los Objetivos de Desarrollo Sostenible. Lamentablemente, hay mucha timidez en su llamado: no menciona el régimen económico que saquea los recursos naturales, favorece la guerra u obliga a las poblaciones al movimiento migratorio forzado. El capitalismo global es un nombre prohibido para que los líderes políticos se unan para reducir el efecto invernadero en 45% en la próxima década y eliminarlo en 2050. Las líneas de acción de la Cumbre sobre el Clima se organizaron en porfolios vinculados al ciclo de producción capitalista de riqueza y su impacto sobre el agua, los alimentos o el aire que respiramos.

Las descripciones de los porfolios suenan como títulos de un manual global de economía industrial (“finanzas”, “transición energética”, “transición industrial”, “soluciones basadas en la naturaleza”). Los efectos sociales de la explotación capitalista en la vida son tratados como ciudades y acción local, resiliencia y adaptación. A las personas más pobres de las ciudades se les dio “resiliencia”, que pasó de una palabra del psicoanálisis al mundo empresarial y de allí a la diplomacia global. La resiliencia es como una solicitud de paciencia sumisa a los expulsados de la tierra, las guerras o la falta de protección social por parte de los gobiernos, como describe Saskia Sassen en su libro Expulsiones.

Los expulsados no solo son inmigrantes venezolanos que cruzan la frontera colombiana todos los días, sino también los campesinos desposeídos en las favelas de Río de Janeiro o los adolescentes que huyen de los conflictos urbanos desde El Salvador hasta la frontera con Estados Unidos. No todos los expulsados experimentan el destierro del capitalismo global de la misma manera: para algunos no hay retorno, porque no hay hogar que los espere de regreso.

Estas personas que caminan o navegan a la fuga, a quienes groseramente denominan “inmigrantes ilegales” los países que construyen muros o cierran fronteras, son “vidas desnudas”, el cuerpo expuesto en toda su precariedad, como dijo Giorgio Agamben sobre los judíos en los campos de concentración nazis. Son cuerpos expuestos a la plena explotación de la vulnerabilidad, como los niños que esperan una solución al desamparo en la frontera entre México y Estados Unidos. El llamado a la acción de la Cumbre sobre el Clima no menciona los cuerpos víctimas de la expoliación ambiental, solo se refiere a dos grupos de población específicos: mujeres y jóvenes.

El plan global de negocios ambientales debe “incluir a las mujeres como tomadoras de decisiones”, dice el documento. En este punto, el texto es audaz para los líderes mundiales del negacionismo del clima y la cruzada contra el género: “solo los procesos de toma de decisiones que sean sensibles a la diversidad de género podrán responder a las diferentes necesidades que surgirán en este período crítico de transformación”. Estudios han demostrado cómo las mujeres y las niñas se ven desproporcionadamente afectadas por los procesos de expulsión, ya sean climáticos o sociales: son las primeras en abandonar la escuela, son las que tienen las tasas más altas de desnutrición, corren un riesgo constante de explotación sexual o matrimonio forzado.

En un lenguaje típico de la diplomacia para temas delicados, los seis porfolios se agregaron a otras tres áreas centrales, una de las cuales es: “Participación juvenil y movilización pública”. La inclusión no fue accidental, sino el resultado de la fuerza mostrada por los jóvenes activistas frente a la “crisis ecológica del siglo XXI” como la expresión de la “segunda contradicción del capitalismo”. En la Cumbre de la Juventud sobre el Clima, el 21 de septiembre, participaron figuras como la sueca Greta Thunberg, quien comenzó los “viernes para el futuro” (Fridays for Future, en inglés), y Jamie Margolin, hija de una inmigrante colombiana que mueve voces interseccionales en el activismo.

Lo que muestran los jóvenes activistas es que hay una amenaza existencial en la crisis ecológica mundial. Si el origen de la amenaza es el depredador orden económico global, las víctimas son las poblaciones más vulnerables, incluidas las mujeres y las niñas. La respuesta no puede ser fragmentada, pero compleja, como propone Jamie Margolin: “yo no pongo el clima por encima de los otros temas, porque el clima es Black Lives Matter, es el movimiento feminista, son los derechos LGBT… cuando estás comprometido con la justicia climática, luchas colectivamente por la liberación de todas las personas que son víctimas de estos sistemas de opresión”.

En Suecia, la Universidad Tecnológica de Chalmers creó el primer centro mundial para estudiar a los negacionistas del cambio climático y al movimiento ultraderechista de persecución del feminismo. Para los investigadores, las raíces de los dos grupos deben ser entendidas en el debilitamiento de la masculinidad en el capitalismo global. Creemos lo mismo, por lo que la respuesta política de los jóvenes en la Cumbre sobre el Clima será provocativa para el poder patriarcal de las negociaciones oficiales: en varios rincones del mundo, los movimientos antisistema marcharán en manifestaciones de lenguaje complejo hacia la crisis climática. No se rendirán a la resiliencia de la sobrevivencia.

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