Columnistas

¿Será capaz el PMDB de gobernar Brasil?

El PMDB ha tenido el usufructo del poder, mas no ha asumido los costes del ejercicio gubernamental.

La Razón (Edición Impresa) / Gaspard Estrada

07:35 / 16 de mayo de 2016

La crisis brasileña ha evidenciado la complejidad y la opacidad de su sistema político. En efecto, hasta hace pocas semanas, la prensa internacional orientó su mirada —y su crítica— hacia el Partido de los Trabajadores (PT), la formación política de la presidenta Dilma Rousseff y del expresidente Lula. La impopularidad de la Presidenta, los malos resultados en la economía y una opinión pública exasperada por la avalancha de denuncias de corrupción concentraban la agenda mediática. Sin embargo, al avanzar el proceso de destitución de la Presidenta en el Congreso, así como el número de implicados en el escándalo Java-Jato (incluyendo miembros eminentes de la oposición), el ángulo de la cobertura noticiosa cambió.

En particular, se puso de relieve la dificultad para la/el presidenta/e de dirigir un país siendo minoritaria/o en el Congreso (lo que Sergio Abranches, politólogo brasileño, definió como el “presidencialismo de coalición”), a la par de la extrema promiscuidad entre el dinero y la política en Brasil, encarnada por la figura de Eduardo Cunha, el presidente de la Cámara de Diputados hasta hace pocos días. Hoy en día, con el inicio del interinato de Michel Temer en la presidencia de la República, el Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB) acapara la atención de la opinión pública. ¿Acaso el PMDB podrá liderar un gobierno capaz de dar respuestas inmediatas en el plano de la economía, cimentar una mayoría política fuerte y estable en el Congreso, y dar total libertad a las investigaciones de la Justicia en el escándalo Java-Jato? ¿Tendrá la osadía de impulsar la reforma política y del financiamiento de la vida política de Brasil, después de haber sido el principal beneficiario de este sistema?

Visto de manera general, es posible afirmar que el PMDB nunca ha dejado de gobernar, ya sea desde el Planalto (la sede de la presidencia, entre 1985 y 1990), desde la explanada de los ministerios de Brasilia (a excepción de los dos primeros años del primer gobierno de Lula), y —sobre todo— en la mayoría de los estados y municipios de Brasil. Esta presencia territorial le ha permitido elegir numerosas bancadas en el Congreso, lo cual le da la posibilidad de exigir a cualquier gobierno, de izquierda o de derecha, una porción importante del pastel ministerial.Por ende, si bien el PMDB ha gobernado desde 1985, sería preciso indicar que más bien este partido ha tenido el usufructo del poder, mas no ha asumido los costes políticos del ejercicio gubernamental. El PMDB surge y se alimenta de la disputa política local, y proyecta esta fuerza en Brasilia, usando para ello el arma de la división. En efecto, a diferencia del Partido de la Social-Democracia Brasileña (PSDB), una escisión del PMDB, y del PT, que siempre han privilegiado un proyecto político nacional, y que por ende cedieron espacios importantes de la máquina gubernamental, tanto en el ámbito nacional como regional y local, a cambio de tener la preeminencia de la orientación política de sus coaliciones, los caciques del PMDB siempre han negociado de manera separada sus espacios en la máquina pública, tomando como referencia la correlación de fuerzas en el ámbito local, y respetando una división tácita, pero consistente, entre las bancadas del Senado y de la Cámara de Diputados.

La multiplicidad de las agendas y la fragmentación territorial del PMDB, aliado a liderazgos endebles en el plano de la opinión pública, hacen que el PMDB prospere en la división. Paradójicamente, un PMDB unido es un PMDB frágil o fracturado. El problema para este partido (y en particular para su presidente honorífico, Michel Temer) es que, hoy en día, quien tiene que dar la orientación política del Gobierno es el propio PMDB. Si bien se trata de la primera fuerza política del país, sigue siendo minoritario en el Congreso, como lo fueron el PSDB y el PT en su momento.

La economía, la principal preocupación de los brasileños, será sin duda el gran desafío del Gobierno interino (incluso para intentar ocultar el hecho de que una buena parte de la cúpula del PMDB se encuentra bajo investigación de la Justicia). Sin embargo, a diferencia de 2003, cuando Lula tenía no solo la legitimidad de las urnas sino que además tenía la fuerza política para imponer a su partido y a los partidos de su coalición medidas impopulares, hoy en día una parte no despreciable de la opinión pública considera a Michel Temer como un presidente “ilegítimo”.

En el Congreso, Michel Temer tendrá que lidiar con la misma mayoría parlamentaria que no quiso aprobar medidas impopulares durante 2015.

¿Sobre todo, el PMDB estará dispuesto a sacrificarse en aras de obtener la gobernabilidad del país? En el libro El gatopardo, Giuseppe Lampedusa decía que “todo tenía que cambiar para que nada cambie”. El problema es que tal vez en esta ocasión la opinión pública no esté de acuerdo. 

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