Columnistas

Ornamento II

Los lenguajes y la sensibilidad estética contemporánea exigen nuevos conceptos.

La Razón (Edición Impresa) / Patricia Vargas

23:50 / 13 de febrero de 2019

Uno de los grandes principios de la modernidad fue la desaparición de todo ornamento por ser considerado insustancial, debido a que se creía que éstos, en vez de hacer crecer la estética de las edificaciones, eran elementos sobrepuestos que al final de cuentas —en muchos casos— solo lograban desvirtuar su valor, o que su incorporación no alcanzaba a formar parte de la identidad anhelada; todo ello porque se los consideraba meros elementos decorativos.

El haber elegido escribir sobre este tema responde a nuestra visita a la exposición de Fernando Montes, la cual —inspirada en nuestra cultura—alcanzó una auténtica integración entre la quietud de los personajes andinos y la creación formal de edificaciones de línea pura. Asimismo, lo singular fue observar cómo el trazado de sus obras pareciera mimetizarse con el paisaje silencioso y lánguido del altiplano. De esa manera, sus cuadros logran mostrar la fuerza de la cultura y el entorno de esa región.

Si retrocedemos en la historia y nos enfocamos en obras como las del arquitecto Adolf  Loos, veremos que este caracterizaba al ornamento como una especie de delito, afirmando en sus escritos que lo racional de todo ornamento privilegia a la decoración; en cambio, la cultura es la superación de la ornamentación.

En el pasado, el ornamento fue el protagonista de la arquitectura, y un ejemplo de ello son las obras de Gaudí, que forman parte de la arquitectura histórica de Barcelona. Empero, su ornamentación pertenece a un estilo muy personal y valioso, aunque en la actualidad pareciera acercarse a lo intemporal.

Todo lo contrario, hoy se busca la simplificación del uso de las formas adicionales en la arquitectura, pese a que no faltan arquitectos que las rebuscan para imprimir un estilo personal, sin tomar en cuenta que el excesivo derroche de ornamentos evita que sus obras se enmarquen en el lenguaje arquitectónico temporal. Así, en algunos casos, esa búsqueda de lo único convierte a esas edificaciones en confusas.

En las últimas décadas, la ciudad de La Paz cuenta con ciertas edificaciones construidas con elementos ornamentales que, en vez de expresar nuestra cultura, pareciera que buscan establecer formas inspiradas en el pasado para acercarlas a una identidad; sin embargo, esa intención no siempre es lograda.

Los lenguajes y la sensibilidad estética contemporánea exigen nuevos conceptos en los que la innovación —en la mayoría de los casos— evite la ornamentación, pero sí logre un atractivo particular gracias al juego de formas, dimensiones y grandes alturas, lo que no niega que puedan convertirse en elementos simbólicos de la urbe.

Por tanto, el viaje al pasado y el presente de la cultura arquitectónica es una verdadera exploración de lo vivo y de lo nuevo en sus respectivos tiempos.

Volviendo a la pintura, nos preguntamos: ¿no será que artistas como Montes supieron entender desde antes lo vernáculo, pero dentro de un entorno real que convierte a sus obras en una verdadera expresión cultural porque se acerca a lo original de los valores culturales ancestrales, apoyados por la valoración de su contexto natural?

A pesar de toda ornamentación, la buena arquitectura existe en nuestro medio y no faltan antiguas obras que fueron concebidas uniendo tiempos en su dimensionamiento, proporción y detalles, como es el caso del Monoblock. Su reflexión creativa pareciera haber sintetizado respetuosamente el presente y el pasado de ese entonces, logrando que hasta hoy sea una representación de nuestra identidad.* Arquitecta.

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