Columnistas

De oro, plata y estaño

Seguimos siendo testigos de un saqueo  inmisericorde, sin planificación, de los recursos minerales

La Razón (Edición Impresa) / Dionisio J. Garzón M.

00:00 / 08 de agosto de 2014

Pensar en el oro, plata y estaño (metales que han marcado la historia de la minería en estas altas tierras cordilleranas del continente americano) y aquilatar los resultados de este transcurrir casi eterno en busca de mejores días para la gente es percatarse que, lejos de haber alcanzado esa meta, seguimos siendo testigos de un saqueo inmisericorde, sin planificación, inmediatista y elitista de los recursos minerales.

Desde el incario, pasando por la conquista y colonización de estas tierras, recalando en la República y ahora en el novísimo Estado Plurinacional, los minerales han construido imperios, reyes pequeños (Patiño, Hochschild, Aramayo), élites, burguesías y corporaciones que han dominado y dominan a su turno países cordilleranos como el nuestro, dejando migajas para sus pueblos que, pese a todo, siguen poniéndole el hombro a la búsqueda de nuevas minas para eternizar el martirologio y mantener el mito del enriquecimiento personal y colectivo basado en la actividad extractiva más dura, compleja y peligrosa de las que se tenga noticia.

Bolivia, en el centro de los Andes, es el lugar de la concentración geoquímica de plata más grande (Potosí), de uno de los cinco mayores yacimientos de estaño (Huanuni), de una de las cinco mayores concentraciones de hierro (Mutún) y de la mayor reserva de litio (Uyuni) del planeta; sin embargo y contra todo pronóstico, hoy el país no figura en la lista de países de la minería de clase mundial ¿Qué pasó? Bolivia produce además de los tres metales del título antimonio, plomo, wólfram, cobre, bismuto y aun tímidamente hierro, manganeso, bórax, potasio, litio y se anima a creer que puede incursionar en gemas y piedras preciosas, tierras raras y metales tecnológicos que dominan hoy la industria de los gadgets de última generación que acompañan la modernidad en las más avanzadas metrópolis de este planeta, las cuales son ajenas al drama que significa buscar, desarrollar, explotar, beneficiar y fundir los metales primarios que alimentan aquella bestia industrializadora en países eternamente en vías de desarrollo.

Un complejo entramado mundial de intereses impide que países como el nuestro puedan pasar de la pura minería a la industrialización de sus metales, meta que machaconamente se repite y publicita por gobiernos de toda laya que usufructúan de la actividad extractiva para justificar sus cifras macroeconómicas, prometen dar el paso siguiente una y otra vez hasta que dejan el poder y critican al gobierno entrante cuando están en la vereda del frente. Esta es la odisea de la minería en el continente y en el país, y la realidad que nos tocó vivir como generación siendo testigos de glorias y fracasos momentáneos de la minería nacional, y también siendo actores de algunos descubrimientos de nuevas minas que enriquecen hoy el esmirriado portafolio de proyectos de un país que se precia de ser minero.

De esto y mucho más, como los avatares y penurias para llegar a la nueva Ley de  Minería y Metalurgia, desde los primeros intentos de cambiar la Constitución, se habla en el libro titulado De oro, plata y estaño que se presentará y circulará en días venideros, donde recopilo unos ensayos sobre los principales productos de nuestra minería y también los escritos de esta columna, de los últimos siete años. Si el libro aviva el debate sobre el futuro de la minería y aporta luces para el cambio hacia etapas superiores de la industria, habrá cumplido el objetivo de un intento que llevó años de investigación y empeño.

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