Columnistas

Cuando el oro no es el tiempo

La Razón (Edición Impresa) / Foro - Elvis Vargas Guerrero

00:50 / 02 de enero de 2015

Si los bolivianos se hicieran un selfie simultáneo en noche vieja, saldría retratada una fotografía vacía con los 10.389.903 rostros de impuntualidad, porque todos los relojes apuntarían las 00.00 en punto. Estamos estigmatizados, como si se tratara del mal nacional. Solemos decir que estamos donde estamos porque siempre fallamos a las citas, pues no tenemos respeto por los demás. Es una aberración escuchar a un boliviano echarle en cara a otro boliviano lo impuntual que es, que el llegar tarde es la causa de nuestro atraso y añadir que los países ricos lo son por su gente puntual. “Nos vemos a la hora inglesa, no a la hora boliviana”, dicen.

Para los humanos el tiempo es elástico. La puntualidad es para los relojes. Los radicales de la puntualidad son detestables, esas personas intransigentes que en realidad no les importa los otros, sino que exigen autosatisfacción en su orden y que todos vivan a su ritmo. Dicen que la impuntualidad es virtud de los vagos y, aunque no lo gritan públicamente, aceptan implícitamente aquel dicho popular que señala: “La puntualidad es virtud de los mediocres”. La virtud no se ubica en los extremos, sino al medio. A los sistemas de control les favorece la puntualidad, porque de esa manera ya no tienen hombres libres, sino piezas de la maquinaria.

Para los bolivianos la puntualidad es flexible; decir que no tomamos en cuenta al otro es un absurdo. Siempre decimos nos vemos “dentro de un cachito”, “ahorita nomás” o “quedamos entre las ocho u ocho y media”. El otro también espera flexibilidad. El extranjero que está acostumbrado a que el tiempo es oro, porque el valor de su trabajo es medido por las horas de su faena, al principio siente extrañeza, pero después se acomoda nomás. Es que la flexibilidad del tiempo es un acuerdo social basado en nuestra mentalidad agraria y precapitalista. En el clima tropical, menos estresante, el llegar tarde no debe ser visto como un vicio, sino como la flor preciada de nuestra maravillosa lentitud.

Yo no creo en esa sentencia de Kant que asegura que cuando alguien roba dinero o joyas en gesto de arrepentimiento, se lo puede devolver, pero con el tiempo no hay restitución. Al contrario, el andar a prisa nos resta vida, debido a que nos obsesiona el minuto fatal de retraso. Somos esclavos de los horarios. Ese minuto fatal que, a pesar de comportarnos exactos en el tiempo, probablemente pasará inadvertido en nuestra existencia. Yo creo más en Óscar Wilde: “La puntualidad es una pérdida de tiempo”.

Contra el imperativo de la hora, reivindico la lentitud. La naturaleza no va a prisa. Es artificial el mundo vertiginoso que hemos construido. Hay que desacelerar la sociedad. Todo está pensado para lograrlo en el menor tiempo posible. Ya no se cocina con gusto, se lo hace en media hora. Se usan hormonas para los animales, se modifican genéticamente los vegetales. Ya no se enamora, solo se apechuga en la discoteca. Se exige a nuestros hijos una ocupación, porque el sentarse sin hacer nada lo vemos como un defecto, cuando en realidad el cerebro y el cuerpo funcionan mejor después de un descanso. Al final todos estamos cansados y extenuados por este ritmo de vida. Este mundo basado en la velocidad creó la puntualidad para esclavizarnos. Tenemos derecho a la felicidad, vive, come, sueña lento. No olvides que lo bueno siempre se deja esperar.

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