Columnistas

Mi padre, última tarde

Esos títulos nunca lo alejaron de su verdadera y más profunda vocación: la cátedra

La Razón / Salvador Romero Ballivián

00:54 / 14 de abril de 2012

La casualidad, si tal diosa existe, quiso que aterrizase en La Paz apenas unas horas antes que se desplomase y muriese en mis brazos. Murió como vivió: en paz, con tranquilidad, sin cuentas pendientes, en medio de una conversación familiar, sentado en su sillón, en su propia casa.

Mi padre. Se paseó por las altas cumbres del poder: secretario privado del vicepresidente Luis A. Siles, Ministro de la Presidencia de Lydia Gueiler, embajador ante la UNESCO, fundador y Vicerrector de la Universidad Católica Boliviana, decano de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad Mayor de San Andrés, director de FLACSO–Bolivia, miembro de las academias de Ciencias e Historia. Las visitó, ejerció cada responsabilidad con escrúpulo, dedicación y sentido del interés general, y descendió de ellas con la serenidad que le daba no haber solicitado esas funciones ni esos honores. Se los ofrecieron sentado delante de su escritorio y no en el cabildeo de pasillos.

Seguro por ese motivo, independientemente de los cargos, se lo podía ver cada día recorrer a pie las tres cuadras desde la casa hasta la esquina de la avenida para tomar un minibús, el transporte más barato de la ciudad de La Paz, que convertía en un incómodo salón de lectura y en un delicioso observatorio de microsociología urbana, cuyas conclusiones libraba en sus columnas quincenales en La Razón, o en los almuerzos familiares en la terraza del jardín. Por supuesto, jamás le faltaba la ironía y a la pregunta de por qué no aprendió a manejar, respondía que en su juventud pensó que ejercería labores que incluirían un auto con chofer.  

Esos títulos nunca lo alejaron de su verdadera y más profunda vocación: la cátedra y, por extensión, la enseñanza  en todas sus dimensiones. Profesor en el alma, durante casi medio siglo le encantó pararse en un aula delante de alumnos. Se exigía al máximo: leía y releía a los fundadores de la sociología, frecuentaba a los clásicos del siglo XX, con una admiración especial por su maestro Alain Touraine, y siempre curioseaba las novedades, con igual soltura en francés o inglés que en español. También exigía a sus estudiantes y solía ser estricto en las calificaciones.

Pero esquivaba confinarse en una disciplina: lector insaciable y bibliófilo, aprovechaba los insomnios que —sospecho— él mismo se infligía pretextando alguna falsa preocupación, para así leer, bajo la tenue luz de una lámpara, sentado en el más cómodo sillón de la biblioteca, en horarios inverosímiles, novelas, ensayos, historia, filosofía, antropología y un largo etcétera que cubría la gama de las ciencias humanas y sociales. Libros elegantes, nuevos, de segunda mano, de librerías de viejo y uno que otro pirata: los disfrutaba todos.

Igual de imborrable será recordarlo, con aire concentrado, bolígrafo en mano, escribiendo en papel borrador, con una letra incomprensible y decenas de anotaciones en los márgenes, o recogiendo los infaltables lentes sobre el cabello para releer y empezar la minuciosa corrección, con el diccionario a mano, señal de respeto por la riqueza y los matices de la lengua del permanente aprendiz que fue hasta el final.

A fuerza, su cultura se extendía hasta contornos enciclopédicos, pero no la  acumulaba con espíritu avaro, menos con mentalidad pedante. Al contrario, le encantaba compartir conocimientos y análisis, datos y reflexiones y, en última instancia, su tiempo. Lo mismo se sentaba con cualquier estudiante en la cafetería universitaria y en tono ameno podía terminar dando una clase particular de un par de horas, que explicaba con pasión a sus amigos los detalles más exquisitos de sus aficiones. Armó una colección de relojes decimonónicos franceses, de caprichoso funcionamiento, que con paciencia aprendió a dominar al punto de que podía recuperar en los mercados de pulgas aquellos dados por inservibles. Justificaba las compras diciendo que para arreglar el primero invirtió tanto esfuerzo que quedarse con apenas uno era desperdiciar el saber que adquirió. A veces, culpaba a este desborde pedagógico de cualquier ocasión de sufrir robos de ideas: por más que escribió en permanencia, producía muchísimas más ideas de las que lograba plasmar en artículos o libros.

Es que le encantaba el arte de la conversación. Eso alcanzaba la afición por el debate. Jamás rehuía uno. Movilizaba talento, inteligencia y lógica, y a veces un toque de terquedad, para convencer sobre la justeza de sus puntos de vista. Podía debatir en cualquier mesa, con amigos y con colegas, o ingresar en las polémicas nacionales a través de sus artículos. Si algo despreciaba era que los argumentos descalificasen a las personas en lugar de refutar las ideas: para ser tal, la victoria requería ceñirse a las reglas del juego limpio.

Asumía las implicaciones del debate: diálogo, tolerancia, pluralismo, construcción de un espacio público incluyente. Por eso fue un demócrata a carta cabal, refractario a los autoritarismos y totalitarismos de cualquier signo. Si se le pedía situarse en el escenario político, se colocaba en el centro izquierda, con facilidad y a la vez sin dogmatismos o pensamientos estereotipados, escéptico ante cualquier gran utopía, pues las vías moderadas y progresivas eran las suyas. Los escenarios polarizados lo encontraban a contrapié.

En los setenta, mientras en la derecha lo sospechaban de “rojo” por su oposición a los gobiernos militares, en la universidad, los marxistas presionaban para retirarlo por enseñar a autores tan reaccionarios como Durkheim y Weber, y centrar sus primeras investigaciones en el movimiento campesino, una clase social condenada por la Historia.

Se acercaba a los 74 años, pero sin duda esa fecha le representaba menos que los 45 años de matrimonio que venía de cumplir, en los cuales cultivó una estrechísima complicidad con mi madre, basada en un respeto e igualdad, sobre los cuales nunca le escuché teorizar, pontificar o erigir en modelo, pero que funcionaba cada día. Sin complejos, la acompañó las dos veces que ella fue nombrada embajadora y a él le tocaba desempeñar con ánimo y humor el papel de “embajador consorte”. 

Tal vez por eso, si en su última tarde, a la hora del té que disfrutaba tomar en la cocina, le hubiese preguntado si le quedaba alguna frustración en la vida, es probable que hubiese confesado que sí, una: pese a las múltiples candidaturas que presentó y los denodados esfuerzos que hizo por ingresar, jamás fue aceptado como miembro del exclusivísimo “club Tish”, fundado y organizado por los nietos… 

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