Columnistas

Los padres de los padres

La Razón (Edición Impresa) / Mantología - Jorge Mansilla Torres

10:32 / 18 de marzo de 2018

Los padres de los padres, los que siguen al pie de su deber y se desviven por no morir, sacramento imposible. Son así porque buscan en el llano del esfuerzo y la edad el gran milagro de volver a soñar lo ya soñado.

Se aferran a los hijos de los hijos, eludiendo perderse en el bendito río del tiempo, amargo laberinto. Los padres de los padres, los errantes y certeros resisten porque saben que el fiel amor de una mujer les late.

Y aunque miran la vida sin más ansia desde otra luz (desde su tiempo), cantan sabiendo cuán ingrata es la esperanza. Siguen apuntalando la palabra ya lejos del agravio y la moralla, la fugaz propiedad que une o separa.

Los padres de los padres se han quedado detrás de la penumbra, incluso abajo de la emoción que rige los abrazos. Fueron obreros, maestros, artesanos, comerciantes, labriegos, abogados y siguen siendo sabios a trasmano.

Los padres campesinos, gente altiva, los que en el ayllu tienen raíz viva, ética originaria, la más india. Y los otros que saben lo añorado, los abuelos que lanzan como un rayo su santa indignación: el mar robado.

El hierro de la crisis que los hiere se herrumbra y en el alma les florece una canción y un perdón transparentes. Muchos viven pendientes de algún bono que el Estado les da sin mayor dolo hasta doblar el último recodo.

Mi padre en una guerra fue soldado, estuvo en dos batallas en el Chaco y retornó rumiando un lento canto testimonial, como un relato amargo, de lo que pudo ser en ese vasto territorio de sed y tanto estrago. En Llallagua y Uncía, vida sorda, padeció las masacres de la Rosca contra el proletariado. Tuvo la honra de ser un boliviano convencido de que advendría el triunfo redimido de la Revolución de abril y lo que ha sido.

Los padres de los padres que no han muerto y quedan bajo el techo del recuerdo agradecidos de su prole y credo. Forjadores de patria y de futuro que asistieron al siglo con orgullo, merecen gratitud más que sepulcro.

Los abuelos, los padres y los hijos que son papás y asumen su destino en la patria de hoy con el cariño que tiene el ciudadano bien nacido. Brindo por ellos, por su noble entraña, porque el amor lo que ha tenido alaba dándole voz y tono a una guitarra.

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