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Un país que no existe en la vida

El arte procura volver a esa etapa del comienzo en que se piensa y se imagina con descaro

La Razón (Edición Impresa) / Juan Villoro

01:01 / 01 de mayo de 2016

El poeta y maestro colombiano Javier Naranjo ha coordinado un diccionario sorprendente. Pidió a sus alumnos de primaria que definieran palabras sin recurrir a otro sistema que la intuición. Cada tanto, soltaba un vocablo en el salón como quien suelta un animal. El resultado fue Casa de las estrellas, milagro del idioma que conseguí en un viaje a Medellín.

Descubrir poetas de siete años produce asombro, pero también melancolía. El adulto advierte que no puede leerlos con la espontaneidad con la que ellos escriben; para bien y para mal, es rehén de su experiencia: la singular manera en que los niños descifran su universo muestra que nada es tan profundo como la inocencia.

El arte procura volver a esa etapa del comienzo en que se piensa y se imagina con descaro. “Tenemos de genios lo que conservamos de niños”, observó Baudelaire. Quien visita una exposición en una escuela descubre que ahí estudian Miró, Klee y Matisse. Con el escepticismo concedido por la edad, los padres se preguntan qué será de sus hijos en el futuro. ¿La realidad los convertirá en seres de rutina o incluso en diputados?

Sería una lástima que los filólogos de Casa de las estrellas perdieran su afilada manera de ver el mundo. En el plano teológico, Natalia Bueno, de siete años, define iglesia como “donde uno va a perdonar a Dios”, y Sebastián Castro, de cuatro, se acerca a Nietzsche: “Dios está muerto en el cielo. Es un hombre con una barba y está en pelota”.

Para María José García, de ocho, un maestro “es una persona que no se cansa de copiar”. El talante crítico se extiende a una profesión menos noble, la de mafioso: “Es una persona con mucha plata y no le gusta nada”, dice Luis Fernando Ocampo, convencido de que no hay criminal alegre. El cuestionamiento no se suspende ante lo más querido: “Mi mamá me cuida mucho, me quiere mucho, me da la comida cuando yo no quiero”, dice Camilo Gómez, de siete.

La epistemología se presenta en la voz mente: “Cosa que uno piensa a través de uno mismo”, dice Juan Camilo Osorio, de ocho años. Pero también en mapa, que, de acuerdo con Lydia Vásquez, sirve “para encontrar cosas situadas”.

Hijo del tiempo, el lenguaje refleja su circunstancia. A los 10 años Jorge Humberto Henao define instante al modo de Crónica de una muerte anunciada: “Es cuando lo van a matar”. Inquieta aún más la forma en que Ángela María Blandón se refiere a inmortalidad a los nueve años: “Es cuando uno tiene un enemigo y lo manda matar”. La voz dinero provoca tratados de economía: “Es el fruto del trabajo, pero hay casos especiales”, dice Pepino Nates, de 11, y Andrés Felipe López, de siete, remata: “Soy muy pobre por el dinero”.

Ciertos misterios deben ser leídos varias veces. Valentina Nates, de nueve, transmite la ambivalencia de cariño: “Amarrar a las personas”. Y Juan Camilo Osorio, que ya se había ocupado de mente, hace una pícara definición de nada: “Es cuando le pregunto a uno que si vio una cosa”. Para Paulina Uribe, de 11, lenguaje tiene un valor civilizatorio: “Es hablar con una persona sin gritarle”. En este razonado ejercicio no podía faltar la palabra niño. Luisa María Alarcón, de ocho años, dice: “Responsable de la tarea”. En forma literal, la respuesta alude a las obligaciones escolares, pero también adquiere peso simbólico: la infancia asume una misión que tendemos a olvidar. Por si quedaran dudas, a los nueve años, Gloria Celia Guzmán define así poeta: “Es un país que no existe en la vida”.

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