Columnistas

La palabra que camina

El ‘suma qamaña’ requiere de un paradigma de comunicación que comulgue con sus principios.

La Razón (Edición Impresa) / Adalid Contreras Baspineiro

00:08 / 13 de enero de 2017

Toda formación social se dota de un paradigma comunicacional coherente con su derrotero histórico. Así, la expansión geopolítica, militar y comercial estadounidense fabricó el difusionismo; el integracionismo europeo acunó la comunicación crítica; y los movimientos sociales latinoamericanos esculpieron la comunicación alternativa y popular. No sería posible hacer buen marketing con comunicación liberadora, ni se podrían generar procesos de democracia participativa a punta de propaganda.

En el mismo sentido, el suma qamaña /sumak kausay, con su cosmovisión de la convivencia comunitaria hecha de reciprocidades y complementariedades, así como de la armonía personal, social y con la naturaleza y el cosmos para una vida buena en plenitud, requiere de un paradigma de comunicación que guarde consonancia con sus principios. Esto es posible recuperando la concepción del aruskipasipxañanakasakipunirakispawa (necesariamente debemos siempre comunicarnos unos a otros) y la metodología del jaqin parlaña (hablar como la gente), enriquecidas por la comunicología latinoamericana pionera de la democratización de la palabra con la comunicación horizontal y participativa.

El aruskipasipxañanakasakipunirakispawa tiene su campo de realización en la práctica social, siendo un proceso más profundo que enunciar e intercambiar mensajes, porque se hace construyendo, de/construyendo y re/construyendo sentidos de sociedad, cultura, política y espiritualidad, en mediaciones con la vida real e imaginaria, cotidiana y organizativa. Con la misma significación que el communicare, o poner en común, asume la comunicación como un derecho ciudadano esencial para la vida, igual que el agua o la salud.

En estrecha relación, el jaqin parlaña se caracteriza por su sentido dialogal e intercultural, y se realiza siguiendo cuatro momentos interdependientes. Primero, saber escuchar o escuchar para hablar: la comunicación empieza escuchándonos entre seres humanos, sintonizando los sonidos del ambiente y de la naturaleza, y visibilizando las voces de justicia. Segundo, saber compartir, para lo cual es imprescindible saber lo que se habla, o la comunicación con argumentos, con la palabra reflexionada y enunciada cuidando las consecuencias ulteriores y privilegiando los entendimientos en las batallas ideológicas y culturales por la significación.

Tercero, saber vivir en comunidad refrendando las palabras con los actos, lo que implica consecuencia con la naturaleza del “vivir bien” por una vida transparente en suficiencia, sin excesos ni carencias, donde todo alcance para todos. Y cuarto, saber soñar con el devenir de un futuro de la vida espléndida que se construye día a día, desde abajo, en democracias inclusivas que la comunicación tiene que saber esperanzar, y entusiasmar.

Para construir sociedades del vivir bien se necesitan políticas plurinacionales de comunicación con los Estados como promotores del acceso, el diálogo, la participación y la buena convivencia; los periodistas informando, vigilando y autoregulándose en función de principios éticos con responsabilidad social; los propietarios de los medios respetando el derecho a la comunicación sin valerse de la libertad de expresión, que es un derecho ciudadano, y sin monopolios multimediáticos; y los ciudadanos ejerciendo su derecho a la palabra y a una comunicación digna. La comunicación para el vivir bien es la palabra que camina acompañando la construcción cotidiana de sociedades para una vida en convivencia comunitaria, plenitud y armonía.

Es sociólogo y comunicólogo boliviano, fue secretario General de la Comunidad Andina de Naciones (CAN).

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