Columnistas

El pan en la canasta

El pan y el trigo han jugado un rol central y pendular a lo largo de la historia

La Razón / Gustavo Rodríguez

01:13 / 25 de mayo de 2012

Está escrito: No solo de pan vive el hombre”… Cristo pide alejarse del mundo material. Según Mateo (4,3-4), continuó: “sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”. La verdad, sin embargo, es que el pan y el trigo han jugado un rol central y pendular a lo largo de la historia. No en vano hablamos del “pan de cada día”. En torno a su precio, cantidad y calidad se han acumulado alegrías y malestares. En la Francia de 1789, la reina María Antonieta, al ser informada que las masas de París care-cían de suficiente masa de pan, dijo muy seria y suelta de cuerpo: “que coman tortas”. Le cortaron la cabeza. El 14  de julio de ese año, la multitud atacó y tomó la Bastilla, justo el día (y no por casualidad) en que el precio del trigo y el pan estaban por las nubes, empujados por la sequía y la especulación. Durante la guerra civil norteamericana, Abraham Lincoln acuñó la frase: “bread spells victory” (pan significa victoria). La beligerancia sureña, basada en el incomible algodón, sería vencida por los bollos norteños recién horneados.

En Cochabamba, a fines de 1878 y los albores de 1879, se vivió una nefasta combinación de peste, sequía y carestía. La gente plebeya moría por las calles, mientras los poderosos terratenientes y comerciantes, como siempre, jugaban a la ruleta de los precios y, por su intermedio, de la muerte; la de otros y otras, por supuesto. La masa enardecida, compuesta de indígenas y mestizos, que no tenía nada que comer, atacó trojes y depósitos al grito de: ¡Mueran los levudos! ¡Mueran los ricos! ¡Pan barato!

En las sociedades preindustriales, la dignidad de las personas y su supervivencia dependía de la posibilidad de llevarse un mendrugo de pan a la boca. En realidad, en la Cochabamba decimonónic, maíz, trigo, charque y coca defi-nían la dieta básica. Azúcar y carne eran, en cambio, lujos de pequeños privilegiados. El trigo era tan importante para la vida económica de la región que figura en el escudo de Cochabamba. A fines del siglo XIX, Bolivia, merced a las políticas liberales y los cambios en la estructura de transporte por el tren de Antofagasta a Oruro, perdió su capacidad de abastecerse de trigo o, si se quiere, su seguridad alimentaria. Los terratenientes cochabambinos, que cultivaban extensas superficies de trigo, y los ayllus del norte de Potosí, que lo comercializaban profusamente, perdieron sus mercados. La harina extranjera, principalmente chilena inundó los mercados del altiplano y los valles (chile jacu, aún se pronuncia en las zonas rurales). Años más tarde el famoso PL-480, de la “ayuda” americana, dio la estocada final. Los importadores ganaron. Bolivia nunca más recuperó su condición productora y de autosuficiencia. Depende de la importación de un imprescindible cereal de trigo, que merced a la demanda mundial de alimentos en expansión para atender los mercados de China e India, sube de precio constantemente, o al menos éstos oscilan perturbando el abastecimiento local.

La computadora, el celular o la entrada al cine pueden subir una decena de pesos, y el pan apenas 10 centavos, pero se viene un ventarrón cuando ocurre. Aún hoy, pese a toda la complejidad del consumo, el precio y el tamaño de la marraqueta, determina real y subjetivamente la suerte del día cada madrugada. Cuanto más pobre se es, más se depende del pan. El Índice de Precios al Consumidor (IPC) no mide (tampoco está construido para ello) esta sensibilidad popular que tampoco los burócratas ni panaderos entienden. Se arriesgan, como en 1789 o 1879, a motines de subsistencia, donde nuevamente truene la voz de ¡Pan barato!

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