Columnistas

El pan y también las rosas

Hagamos del 2014 el año en que empecemos a invertir también, y en serio, en las necesidades del alma.

La Razón (Edición Impresa) / Verónica Córdova

00:23 / 05 de enero de 2014

Terminamos el 2013 con un satélite boliviano buscando su lugarcito alrededor del planeta. Es una gran noticia: un satélite propio nos abre grandes puertas en el campo de la soberanía comunicacional, pero también nos demuestra que como bolivianos podemos dejar de pensar solo en el pan de las necesidades inmediatas y atrevernos a soñar en las rosas que, hasta ahora, nos habíamos negado.

Porque es cierto que aún tenemos un nivel de pobreza extrema inaceptable; es cierto que nuestro sistema de salud dista mucho de ser universal; que la educación que reciben nuestros niños y jóvenes todavía no alcanza los estándares que requiere el mundo de hoy; que el nivel de vida de los campesinos de oriente, occidente, Amazonía y Chaco es aún indignantemente bajo. Son muchos los panes que esta familia todavía necesita para llegar al vivir bien que nuestra Constitución promete. Pero, permítanme decirlo, no solo de pan vive un pueblo.

El satélite Túpac Katari es una inversión que, para las mentes pequeñas, puede considerarse superflua de cara a las necesidades más básicas antes mencionadas. Y sin embargo, además de sus importantes usos telecomunicacionales, viene a cubrir una enorme necesidad simbólica: la de creernos capaces y merecedores de algo más que sobrevivir en un pantano de pobreza, y aspirar a salir a caminar por campos que, pensábamos, estaban destinados a pueblos de otra categoría, a la que nosotros por definición no alcanzamos.

Nos merecemos vivir bien, con pan, trabajo, salud, educación y justicia. Pero no solamente eso, también merecemos las rosas: los libros, el cine, la música, el deporte, la ciencia. Podemos participar de igual a igual en todos los campos de pensamiento y sensibilidad que el ser humano contiene. Podemos competir en todos los deportes. Podemos universalizar nuestra cultura y nuestra identidad en todos los escenarios, todas las pantallas, todas las bienales, todas las plazas y todas las alamedas. Nuestra pobreza no nos inhabilita, no nos desmerece, no nos deshumaniza ni nos anula: todo lo contrario. Somos tan grandes como nuestras aspiraciones. No podemos descuidar las necesidades básicas, por supuesto. Pero hagamos del 2014 el año en que empecemos a invertir también, y en serio, en las necesidades del alma: las que alimentan la identidad, curan las debilidades y educan la vida.  

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