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El papa Francisco es jesuita

Este grupo religioso lleva ya 475 años con la consigna no negociable de seguir siempre a Jesús.

La Razón (Edición Impresa) / René Pereira Morató

05:18 / 15 de junio de 2015

Jorge Bergoglio, el actual sumo pontífice, es jesuita, es decir que pertenece a la Compañía de Jesús. Este grupo religioso fue fundado por Ignacio de Loyola en 1540, lleva ya 475 años de existencia, con la consigna no negociable de seguir siempre a Jesús. ¿Quiénes son los jesuitas? ¿Qué principios los inspira para que hoy en día, a pesar de la crisis de valores y principios, sigan activos y presentes en casi todas partes del mundo?

Ignacio de Loyola concibió a la orden religiosa que fundó como un instrumento de poderosa influencia en las diferentes sociedades allí donde se encuentre. A diferencia de otras congregaciones, los jesuitas no tenían ninguna especialización. Ellos podían incidir en cualquier esfera temporal, en cualquier tarea, con tal de que prevalezca “la mayor gloria de Dios”. El secreto de su inobjetable liderazgo radica en algunos principios estratégicos, que les confiere un sello muy particular y los diferencia del resto de las órdenes religiosas.

Si bien los jesuitas viven en comunidades religiosas, éstas no son regímenes conventuales, centrados en prácticas y rituales colectivos dentro del claustro. No realizan oraciones en lugares controlados. A Dios se debe encontrar no en las cuatro paredes del monasterio, sino en la historia, en el mundo, en el compromiso con las realidades temporales. Por ello, la oración que es fundamental en la vida de estos religiosos hay que realizarla sobre la marcha y no en ambientes especiales. Ser “contemplativos en la acción” les exhortaba Ignacio de Loyola. La razón fundamental de esta innovación es que a su fundador le interesaba la expansión global, conquistar el mundo, más que la conservación de las tradiciones monacales.

¿Cómo lanzar a estos hombres a un mundo lleno de contradicciones y enormes complejidades? Loyola prescribió en las Constituciones algo tremendamente importante: los jesuitas no requieren reglas ni leyes externas, sino que éstas deben estar inscritas en lo más profundo de sus conciencias: “Lo que más ayuda de nuestra parte para la preservación, dirección y elección tiene que ser, más que una constitución externa, la ley interior de caridad y amor”.

A este principio central va ligado otro de igual prioridad: la exigencia de conocerse a sí mismos. Algún filósofo de la antigüedad dijo que la vida no examinada no vale la pena vivirla. Y Loyola innovó unas técnicas para que los jesuitas se mantengan en todo el tiempo de sus existencias desafiados en la tarea de conocerse a sí mismos. Entre estas técnicas están los ejercicios espirituales o encuentros profundos con Dios en la soledad de sus meditaciones; la oración diaria y los exámenes de conciencia. Con estas prácticas, estos hombres saben a dónde van y qué es lo que quieren. De esta manera, sistemáticamente van midiendo y examinando sus vidas en búsqueda de ese magis que es la consigna permanente de la superación, del más, de la perfección.

Francisco es jesuita y ahora líder de la comunidad creyente. Seguro que Ignacio de Loyola debe estar orgulloso y acompañando este proceso de profundización de una iglesia más próxima al evangelio de Jesús.

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