Columnistas

Entre papas y conglomerados

Un contrato (verbal o escrito) permite a los agricultores planificar mejor y producir más

La Razón / Fernando Crespo Valdivia

02:26 / 27 de enero de 2012

Desde año nuevo que estoy visitando comunidades campesinas en el Altiplano. De simples sondeos he pasado a organizar talleres para que productores de papa me cuenten, con sus propias palabras, acerca de sus posibilidades reales de desarrollo. En medio de tanta información vertida y una que otra omisión deliberada, compruebo (una vez más) que el subsector papero merece más dedicación y apoyo.

Algunas comunidades ciertamente están orgullosas de ser consideradas como paperas. Sus rendimientos de papa consumo son, por lo general, superiores a las frías estadísticas proporcionadas por el INE. Pero así como hay comunidades presuntuosas de su papa Huaycha, Imilla Negra, Desirée o Robusta, también hay miles de campesinos disconformes con su producción, rendimiento y venta a pesar de su potencialidad y buenos precios en el mercado. 

En medio de tanto viaje y tanta papa, me tomé un descanso y aproveché para intercambiar algunas notas estrictamente académicas con un amigo que persigue su doctorado en el Japón. De visita en La Paz, me comentaba que aquellas encuestas que realizamos sobre el subsector quinuero y notas sobre un Programa de Desarrollo de Proveedores (PDP) habían sido ampliamente comentadas para mostrar las bondades de una agricultura de contrato en poblaciones de extrema pobreza. Hoy, ciertamente el conglomerado de quinua en Bolivia se ha desarrollado extraordinariamente gracias a las innovaciones tecnológicas introducidas en los PDP, los cuales estaban promovidos por empresas exportadoras que compran quinua alrededor del salar de Uyuni.

Después de intercambiar un poco de historia, algunas cifras más que interesantes, una que otra estimación econométrica e interpretar una realidad muy compleja, además de hacer gala de nuestros conocimientos sobre economías campesinas, terminamos nuestro café con sabor a poco, pero ciertamente entusiasmados con los resultados obtenidos. Sin duda alguna, nuestra apuesta por desarrollar algunas cadenas productivas fue un acierto, a pesar del estado de pobreza de la mayoría de sus actores. Asimismo, coincidimos que la asistencia técnica y financiera de varias agencias internacionales de desarrollo a empresas con visión competitiva y Responsabilidad Social Empresarial nos había dado una lección que podía y debía replicarse.

No obstante, la evidencia encontrada también apunta a una triste realidad que no podemos ocultar. Aquellos campesinos que actúan en el mercado sin un PDP tienen menor probabilidad de desarrollo, dado el estado de los mercados actuales. El hecho de contar con un contrato (sea verbal o escrito) permite a los agricultores producir más, planificar mejor, disminuir considerablemente sus riesgos, mejorar la acumulación de activos e incrementar su precario ingreso.

La evidencia encontrada en un subsector tan particular como es el de quinua es más que alentador. El desafío consiste ahora en desarrollar una agricultura de contrato en el subsector más tradicional del agro boliviano. Con tanta juventud en las ciudades y creciente demanda de comida rápida en nuestro medio, se puede identificar zonas productoras para sustituir, en primera instancia, esa papa frita precongelada que traemos del exterior. De hecho, las cifras encontradas sobre importaciones de papa frita precongelada son más que una invitación a invertir y apostar por una nueva alianza público/privada entre paperos e industria de comida rápida. Al respecto, sólo queda decir: ¿quién se anima a apoyar un nuevo Programa de Desarrollo de Proveedores en el subsector de papas en Bolivia?

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