Columnistas

Argelia y Venezuela: un paralelo patético

El modelo argelino y la caricatura venezolana del llamado Socialismo del Siglo XXI tienen características similares.

La Razón (Edición Impresa) / Carlos Antonio Carrasco

23:53 / 22 de marzo de 2019

En un mismo espacio-tiempo-histórico, en los días que corren se constatan convulsiones sociales causadas por igual motivo: el empecinamiento de presidentes que, ingenuamente, se creen providenciales y que prolongan sus mandatos con ardides pseudoconstitucionales que les permiten sucesivas reelecciones, ante el repudio generalizado de sus respectivos pueblos. El modelo argelino y la caricatura venezolana del llamado Socialismo del Siglo XXI tienen características similares: ambos retienen el poder desde hace dos decenios. Estos regímenes se sostienen con el apoyo de aparatos militares beneficiados con el tráfico de influencias, la inexistencia de la separación de poderes, la sumisión canina del Órgano Electoral y del Tribunal Constitucional a la dictadura presidencialista, el petróleo cual fuente principal de los ingresos fiscales y la impostura ideológica como atuendo de conveniencia: la epopeya independentista argelina o el antiimperialismo retórico de la revolución bolivariana.

En Argel manda desde 1998 Abdulaziz Bouteflika, quien a sus 82 años, confinado a una silla de ruedas desde 2013, se recupera (mal) de un accidente cerebrovascular que le privó del habla, de la locomoción y de otros atributos cerebrales. A su vez, en Caracas, el chavismo impera hace dos décadas, y Nicolás Maduro (54), contrariamente a su homólogo, cultiva una labia torrencial plena de incongruencias y goza de buena salud, pero con discernimiento mental de diagnóstico reservado.

Ambos mandatarios son marionetas del establecimiento castrense, de cuya lealtad sincera o aparente dependen sus respectivos destinos. Mientras Maduro disfruta su segundo periodo luego de elecciones fraudulentas (celebradas el 20 mayo de 2018), el argelino aspiraba a una quinta reelección amañada.

En ambos casos, el poder de la calle se manifestó con estruendo tratando de evitar las prórrogas nefastas. En tanto que la juventud argelina logró frenar la arrogancia del anciano aspirante, quien cual ectoplasma macabro escribió su desistimiento, las fuerzas democráticas venezolanas han montado un gobierno paralelo encabezado por el carismático diputado Juan Guaidó, quien, en su condición de presidente de la Asamblea Nacional, asumió el interinato presidencial, encargado de la transición hacia elecciones verdaderamente libres.

La gran diferencia en una y otra rivera radica en que Argelia continúa siendo un país viable, mientras que Venezuela ha decaído a la categoría de un Estado fallido, que soporta una inflación galopante, hambruna esperpéntica, la carencia de servicios básicos y una mortalidad creciente. También difieren en que Bouteflika decidió encabezar la transición más allá del fin de su mandato (abril de 2019), prometiendo no presentarse como candidato; en cambio Maduro, aunque ya huele a formol, continúa aferrado al cargo, pese al repudio de toda América Latina (salvo de Cuba y sus satélites).

Sin embargo, tanto en Caracas como en Argel las manifestaciones callejeras continúan. En la primera en procura de precipitar la evicción de Maduro; y en la segunda, porque la abdicación progresiva de Bouteflika es anticonstitucional y su presencia en cualquier modus vivendi es aborrecida por la oposición. La situación de estos escenarios nos lleva a la conclusión de que las prórrogas o reelecciones continuas no son saludables para el ejercicio de la democracia; y sin la debida alternancia se convierten en odiosas dictaduras, con un barniz constitucional que no engaña a nadie.

Es difícil predecir el final de uno y otro protagonista, por cuanto la ira popular podría empujarlos al final trágico de Muamar el Gadafy, de Sadam Hussein o de Nicolás Ceauscescu. Lamentablemente, ninguno de los autócratas actuales tiene la estatura moral e histórica de Nelson Mandela, quien cuando todo el poder estatal estaba bajo su control, prefirió dar un paso al costado y entrar por la puerta grande de la historia, a la inmortalidad de los gigantes de nuestra época.

* Doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia

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