Columnistas

El partido de la paralización

Cada miembro del partido demócrata odió esta idea, tanto por razones morales como políticas

La Razón (Edición Impresa) / Fareed Zakaria

00:00 / 01 de marzo de 2014

Muchas veces he sido calificado como centrista, y creo libremente que ninguna de las partes del espectro político ejerce un monopolio de sabiduría o virtud. Sin embargo, hay veces en que la realidad apunta firmemente en una sola dirección. Al observar las manipulaciones llevadas a cabo en Washington en las últimas dos semanas, ahora resulta imposible hablar acerca de cómo ambos partidos políticos son acusados por la paralización del país.

Consideremos lo que ha acontecido ahora mismo con la inmigración, una cuestión que está a punto de ser resuelta. La mayoría de los estadounidenses (concretamente el 81%, según la encuesta más reciente de la CNN) está a favor de otorgar la ciudadanía a los inmigrantes ilegales que reúnan ciertas cualidades, así como también de aumentar los controles en la frontera. Los dirigentes del partido republicano en ambas cámaras del Congreso hablaron sobre un paquete de reforma exhaustivo que contemplaba un extenso periodo de espera para obtener la ciudadanía (13 años), y lo asociaría con un control más duro. La mayoría de los demócratas estaban dispuestos a aceptar este compromiso.

Sin embargo, para los dirigentes del partido republicano resultó claro que incluso esto sería inaceptable para muchos republicanos del Tea Party. De esta manera, el 30 de enero, los líderes del partido dieron a conocer una nueva propuesta que descartó cualquier posibilidad de un camino especial hacia una ciudadanía para los inmigrantes ilegales, sin importar cuánto tuviesen que esperar. En lugar de ello, el nuevo planteamiento propone conceder a estas personas documentos legales que les permitan trabajar y pagar impuestos. Esto fue una gran concesión para los activistas del Tea Party y parecía poco probable llegar a algún acuerdo.

A su vez, los demócratas se opusieron firmemente al concepto de un estatus de segunda clase en forma permanente para los inmigrantes ilegales, al igual que una importante mayoría de la ciudadanía estadounidense.

Pero luego de unos días, el presidente Obama sacó provecho de una entrevista que mantuvo con Jake Tapper de la CNN, para decir que estaba “animado” por la propuesta de los republicanos. “Opino genuinamente que el vocero Boehner y algunos miembros de la Cámara de republicanos, como Paul Ryan, realmente quieren obtener una ley de reforma inmigratoria”, explicó. “No voy a prejuzgar lo que llega a mi oficina” agregó, con el fin de aclarar que no estaba descartando la propuesta.

Cada miembro del partido demócrata con quien hablé odió esta idea, tanto por razones morales como políticas. La mayoría estaban sorprendidos por la concesión de Obama. Entonces, ¿qué sucedió? Unos días después, John Boehner explicó ante los medios de comunicación que incluso su nuevo plan era un imposible y que la reforma inmigratoria estaba fuera de juego.

Su explicación fue que nadie confiaba en que el Presidente podía hacer cumplir las normas. Pero, de hecho, la administración de Obama ha aplicado las leyes de inmigración con rigurosidad. En 2012 se deportaron 400.000 personas, es decir, dos veces y media más que el número deportado en 2002. En ese año, por cada dos individuos que fueron desplazados de Estados Unidos, 13 se convirtieron en ciudadanos legales. En 2012, por cada dos desplazados, solamente cinco se convirtieron en ciudadanos. Debido a estas razones, así como también por la recesión, el número de inmigrantes ilegales no ha aumentado en varios años. En cuanto al asunto más general, Dan Amira, de la revista New York, ha recopilado información que muestra que Barack Obama ha emitido un menor número de órdenes ejecutivas que cualquier gobernante en 100 años.

Es posible que el último circo político respecto al tope de la deuda cambie la situación. Sin embargo, Theda Skocpol, de la Universidad de Harvard, expresa en un artículo publicado en la revista Democracy que los comentaristas han estado proclamando el declive del Tea Party desde hace ya varios años. No obstante, éste aún ejerce una influencia poderosa en el partido republicano. Posee dos elementos a su favor: una inmensa energía de fuerzas populares y la ruptura de la autoridad en el Congreso en general y particularmente en el partido republicano.

Skocpol escribe que, en los cientos de entrevistas que ha realizado al escribir un libro sobre el Tea Party (con Vanessa Williamson), encontró que “a menudo se dice que el conservadurismo fiscal es la principal prioridad de las fuerzas populares del Tea Party, pero Williamson y yo creemos que no sea así”. Las campañas de represión contra los inmigrantes, la fuerte oposición a los demócratas y una serie de restricciones para invertir en los jóvenes fueron las prioridades que plantearon los voluntarios del Tea Party, que usualmente cobran altos seguros sociales, Medicare y beneficios para veteranos, a los cuales sienten que tienen pleno derecho como estadounidenses que han “pagado sus cuotas” en una vida de trabajo duro”.

Esto sugiere un futuro incierto para conseguir la realización de algo en Washington. Se suponía que la inmigración era un área apropiada para una reforma razonable. Los ciudadanos desean una solución de compromiso, expertos en política han propuesto maneras para lograr que funcione, la Cámara de Comercio de Estados Unidos lo apoya, las empresas de tecnología más importantes del país lo han estado solicitando, los demócratas y republicanos de más antigüedad están a favor. Y, sin embargo, no se pudo superar el problema central que acontece en Washington hoy en día: la facción extrema y obstruccionista que existe dentro del partido republicano.

La próxima vez que alguien acuse a “ambos partidos” por la paralización de Washington, o emita un llamado insulso para que los líderes nos quiten del medio, recordemos el caso de la inmigración.

Es periodista indio-estadounidense. (c) The Washington Post Writers Group, 2014.

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