Columnistas

Sobre los patrimonios culturales coloniales

La Razón (Edición Impresa) / Esteban Ticona

11:39 / 15 de julio de 2017

Creo que es tiempo de discutir en el proceso de descolonización la interrogante: ¿qué hacemos con los patrimonios heredados de la Colonia española y el republicanismo? Cada cierto tiempo aparecen voces, manifestaciones y defensores del patrimonio cultural colonial del país, llámense edificios (muebles/inmuebles), expresiones estéticas y hasta la defensa de una “ciudad vieja” como el casco colonial de la ciudad de La Paz.

¿Cómo construyó el colonialismo la ciudad de La Paz? Fundando sobre otra ciudad llamada Chuqiyapu marka, otrora aglutinadora de ayllus ancestrales. Algunos nombres actuales de muchos barrios o zonas en aymara —por ejemplo Qalaqutu (pila de piedras) y Munaypata (loma del amor, en quechua)— son una muestra de toda esa gran riqueza intercultural existente.

Como parte de la gran cruzada religiosa de dominación, las iglesias católicas de la ciudad vieja, al igual como ocurrió en Quito y en el Cusco, se edificaron sobre las wak’as ancestrales andinas. Hace poco, un Viceministro del Ministerio de Culturas pidió a la Iglesia Católica “abrir las puertas” de los templos el 21 de junio para celebrar el Año Nuevo Andino Amazónico, puesto que en las iglesias están las wak’as. Está claro que el clero rechazó ese pedido, porque en el fondo aún sienten que han triunfado en la dominación espiritual de los pueblos ancestrales.

Desde la Colonia hasta la actualidad, la ciudad de La Paz ha luchado por imponerse sobre Chuqiyapu marka. Sería largo de enumerar los grandes momentos de desencuentros entre estas dos ciudades que tienen legados civilizatorios distintos; y la lucha por la reivindicación del patrimonio cultural es una de esas disputas.

Pero ¿qué es un patrimonio cultural? Puede ser definido como una construcción social, cultural y política entendida como la elección simbólica y subjetiva de elementos culturales del pasado. ¿Cuál es el pasado para Bolivia? Lo colonial. A pesar de la situación de dominación de los pueblos ancestrales, el patrimonio cultural actual es el resultado de mecanismos de conflicto y negociación. Este patrimonio colonial es reciclado, adaptado, refuncionalizado y revitalizado bajo el contexto de “la modernidad”. ¿Qué sucede cuando esta refuncionalización, como es el caso del Palacio de Gobierno, ya no sirve para el presente y el futuro? Queda en el pasado, aunque sería interesante convertirlo en un museo, en el que se recuerde a los asistentes que los indios estaban prohibidos de ingresar libremente al llamado Palacio de Gobierno y a la plaza Murillo.

En un evento sobre el tema, un asistente radical decía que lo lógico era que lo colonial desaparezca, y con ello se extinguirá paulatinamente el valor simbólico de la dominación y del racismo que representaban y aún representan tales patrimonios. Incluso en términos económicos cabe preguntarse ¿cuánto representa sostener vetustos edificios que cumplieron su ciclo de vida y que hoy son una especie de zombis vivientes? ¿No sería mejor construir nuevos edificios para estos tiempos y las necesidades actuales?

La respuesta de tales interrogantes no es tan sencilla cuando se quiere construir un pasado distinto, porque el colonialismo se recicla permanentemente y encuentra discursos culturalistas de defensa colonial. La muestra palpable de ello son los y las defensores del patrimonio cultural colonial que califican a la Casa del Pueblo, y a sus similares, no solo como una “agresión”, “errática”, “insana”, etc. sino incluso como “verdaderos engendros” que desnaturalizan el legado colonial uniforme y racista.

Markachirin jach’a utawa niya tukuyata, Chuqiyapu markasana jach’a utapawa. Q’ara jaqinakaxa janiw walikiti uka jach’a utax sasaw sapxi. Jupanakan utanakapakixay kusachixa, jiwasanakan lurawisanakarux jan waliwapkiti. ¡Jallalla machaqa Casa del Pueblo! ¡Wipha, wipha!

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