Columnistas

El patriota

En un país tan inclinado a la exaltación del himno, un patriota como él tenía escaso predicamento.

La Razón Digital / Rafael Archondo

00:11 / 12 de septiembre de 2016

La izquierda nacional es fuerte en ideas, pero débil en lo orgánico”. Así describía Andrés Soliz Rada, el patriota, a la corriente política que dirigió durante cuatro décadas. Proclive al humor negro, gustaba recordar que el grupo al que bautizó con el apelativo de “Octubre” estaba a punto de desaparecer, porque habían subido los precios del Tokio, un café frecuentado por ese puñado de nacionalistas.

Llama la atención que Soliz haya gastado bromas sobre su marginalidad. En un país tan inclinado a la exaltación del himno, un patriota como él tenía escaso predicamento. Creo adivinar el motivo. Bolivia nunca se convenció en serio de que es una nación. Aunque el orgullo nacional suele estar siempre herido y dispuesto a reivindicarse, lo cierto es que en tiempos de Soliz Rada campearon los etnonacionalismos, esos retazos de milenarismo que suelen perforar nuestra identidad boliviana, difusa y poco abarcadora.

Andrés Soliz fue, sin embargo, porfiado y paciente. Hasta el último de sus días usó la frase: “nación boliviana”, para, mediante ese conjuro, convocar a la realidad escurridiza. Hay cosas que con solo ser nombradas existen. Aun cuando se acercó al partido de Evo Morales, siguió criticando a las ONG que financian tanto particularismo con olor a republiqueta. Soliz insistía en que somos una nación indomestiza. Su apuesta no fue por indianizar Bolivia, como plantean el Vicepresidente o Felipe Quispe. Él pedía más bien bolivianizar lo indio y de ese modo, unir ponchos y ayllus con las causas latinoamericanas. Soliz aspiraba a una nación-continente, desde el río Bravo hasta la Patagonia, sueño nada original, aunque no por ello menos necesario para existir en serio en este mundo de grandes alianzas transfronterizas.

Y así, su marginalidad “orgánica”, es decir, su escasa presencia entre las multitudes, contrastaba con aquella eficaz capacidad suya para influir en los debates nacionales. Soliz fue un polemista incansable. A lo largo de su vida se dedicó a documentar, con rigor casi religioso, cada una de sus posturas hasta esculpir una trayectoria llena de meritorias victorias cupulares. No hay demérito en ello. Ser un asesor oportuno puede ser, a veces, más efectivo que andar de activista en calles y comarcas. Soliz juntó las ideas de Sergio Almaraz, Adolfo Perelman, León Trotsky, Jorge Abelardo Ramos y Carlos Montenegro. Antepuso sin miedo los intereses nacionales a los de clase. Miró el devenir político boliviano con realismo y volcó energía ideológica desbordante al proceso militar conocido como Ovando-Torres.

Cuando la izquierda fracasó en el gobierno entre 1982 y 1985, Soliz encontró su lugar y fue decisivo para darle identidad definida al movimiento detonado por Carlos Palenque. Se apegó con lealtad a ese proyecto hasta su desaparición por la muerte del caudillo. Su siguiente paso fue tan fructífero como el anterior: jurar como el ministro nacionalizador del gas. Luego de casi ocho meses dejó el gabinete. Antes de morir, el patriota volvió a acercarse al Gobierno. Aquel vaivén resulta comprensible. Aunque con reparos, aceptó que la vida había sido buena con él. La nación boliviana es cada vez menos resistida. En el último censo, dos tercios optaron por la identidad mayor, la del boliviano. Por eso Soliz llegó a ser un hombre realizado. Es más, fue la mejor prueba de que la política es una obra de élite, y que bien orientada alcanza a ser motor de cambio social. Gracias Chichi, por tanta patria que nos diste.

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