Columnistas

De película

La Razón (Edición Impresa) / Máscaras y espejos - Fernando Mayorga

03:00 / 18 de enero de 2015

Las vacaciones sirven para ponerse al día. Con libros y películas. Respecto al cine tengo la costumbre de coleccionar fragmentos de filmes extranjeros en los que se nombra a Bolivia como una alegoría acerca de lo recóndito, inverosímil y raro. En la producción cinematográfica internacional, el país no es un ejemplo a imitar, más bien es un sino que debe esquivarse. Casi un estigma. Esa curiosa percepción se manifiesta en varias películas, casi una veintena, en las cuales Bolivia aparece como una suerte de frontera con el “otro” mundo, el “más allá”. Este año me topé con dos películas europeas —bosnia y noruega, para mayor rareza— y una yanqui.

Tierra de nadie (No Man’s Land, Bosnia 2001) es una comedia anti-bélica dirigida por Danis Tanovic que obtuvo el Oscar a la Mejor Película Extranjera en 2001. Dos soldados rivales, uno bosnio y el otro serbio, están atrapados en una trinchera que divide las líneas enemigas. Tierra de nadie. Comparten su preocupación por las minas sembradas que están desplegadas a lo largo de la trinchera. Entonces, el bosnio le pregunta a su enemigo: “¿Dónde está el mapa?”. La respuesta del soldado serbio es obvia y denota perplejidad: “¿Cuál mapa?”. Y la reacción del bosnio es tajante: “El de las minas pues, imbécil, no va a ser el mapa de Bolivia?”. Así es. Bolivia es un significante de lo absurdo, que denota la ininteligible. Tierra de nadie, referente de la nada. Bolivia, aquella frontera que todos quieren cruzar para estar en el más acá y en el más allá.

Otro soldado aparece en Cacería implacable (Hodejegerne, Noruega 2011), thriller dirigido por Morten Tyldum. Cuenta la historia de un cazatalentos para empresas que también es un ladrón de cuadros. Él es víctima de un macabro plan de robo y asesinato cuando se cruza en su camino un exmilitar sueco, experto en espionaje. Conversan, semidesnudos, después de un partido de raqueta. El cazatalentos se sorprende al ver la espalda de su contrincante surcada de cicatrices y pregunta: “¿Fue un accidente?”. La respuesta sorprende: “No, fui militar. Formé parte de una unidad especializada en rastreo de desaparecidos y búsqueda de sospechosos”. Esa respuesta no elimina la curiosidad, el cazatalentos reitera: “¿Y las cicatrices?”. La respuesta es lacónica, como si una palabra fuera suficiente: “Bolivia”. El cazatalentos insiste: “¿Fuiste torturado?”. La respuesta es lacónica: “No. Abandonado”. Respuesta enigmática que no proporciona pistas. Por eso el cazatalentos se aventura a decir: “Suena como algo de película”. La respuesta es contundente: “No, nada que ver con una película”. Y cambia de tema. Así es el asunto. Lo que sucede en Bolivia, cuando sucede, parece de película, pero no tiene nada que ver con una película. Es peor. Es el abandono. Ser torturado es poca cosa a lado de terminar abandonado... ¡en Bolivia!  

David Fincher es el director de Perdida (Gone Girl, EEUU, 2014), cinta protagonizada por Ben Affleck, quien degusta del singani en una escena. Es difícil saber si lo hace por escapismo o mero placer, puesto que Affleck es un desempleado acorralado por muchos problemas, a los cuales se suma la desaparición de su mujer. Parece una campaña comercial de apoyo a su amigo Soden Soderbergh, afamado (ex) director de cine que se enamoró del singani durante el rodaje de su película Che en Tarija y ahora es empresario promotor del Singani 1963. Su paso por Bolivia cambió su vocación, pero le entregó un destino. Algo es algo.  

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