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El pepino

No se lo invita a las fiestas en casa. Su lugar es otro: la ciudad. Su atmósfera: el aire, la luz, la algazara

La Razón (Edición Impresa) / Julio Ríos Calderón

00:32 / 12 de febrero de 2016

Quién se esconde detrás del disfraz? ¿Quién está detrás de esa policromía? ¿Quién golpea al transeúnte, espectador o público con esa matasuegra bicolor? Es el hijo natural del Carnaval. No tiene certificado de nacimiento, sino solamente antecedentes de un día de farra que lo convirtió en un saltimbanqui audaz y atorrante que por sus actos fue a dar a una comisaría. Allí se le registró.

Tampoco en los estudios e investigaciones se concluyó en su origen. Seguramente se descubrió a un pariente francés de aquella máscara de traje enteramente blanco y protagonista de las pantomimas callejeras que, vestido también de blanco, asomaba con el rostro cubierto de harina. Se le llama el pepino, y no es un payaso boliviano, ni un pierrot; no. Está comprobado que su identidad es anónima.

¿Qué o quién es el pepino? Es una imagen expósita que se pierde en el cuento de la Cenicienta, pero en la ciudad de La Paz. Ahí nació, y luego del embarazo desconocido (metamorfosis de hombre a bufón callejero) el parto fue realizado por una costurera que le bordó una careta graciosa de expresión amena, tierna y a la vez alegre; muy simple.

No se lo invita a las fiestas en casa. Su lugar es otro: la ciudad. Su atmósfera: el aire, la luz, la algazara. Mira, grita, salta, se divierte con los pies, con las manos y con el corazón, corre por las arterias de la ciudad, molestando a uno y otro. Y los niños alegres, divertidos por sus ademanes y picardías, acompañan el juego del Carnaval con la frase: “Pepino, chorizo, pepino, chorizo, sin calzón”. ¿Y su cuerpo? Más sencillo aún. La costurera hizo posible que una sola pieza diera a luz al conjunto del pepino en forma de un chorizo pintado de dos, cuatro, seis o más colores.

Llega la fiesta del Carnaval. Centenares de pepinos invaden las céntricas calles de La Paz y dan rienda suelta a su alegría y a su insolencia, manipulando un arma llamada “chorizo”, que posteriormente fue bautizada con el nombre de “matasuegra”. La gente contempla sonriente las picardías que acometen los pepinos, con bromas y ademanes propios del Carnaval, en el marco de un jolgorio que no tiene parangón en ninguna parte.

Concluye la fiesta del Carnaval. La ciudad se pierde en un tránsito poco regular y su panorama inscribe una estela de tristeza. Poco a poco todo retorna a la normalidad. El disfraz del pepino termina archivado en el viejo baúl, en el depósito, o finalmente en un bote de basura entremezclado con mixtura y serpentina... A lo lejos del centro de la ciudad se divisa un rostro con facciones geométricas, una agresiva nariz respingada, dos ojos triangulares y una boca de labios gruesos similares a dos sonrisas sarcásticas. Es la careta de tan curioso personaje paceño.

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