Columnistas

De la piel para adentro mando yo

Los changos se meten tinta en su epidermis porque de la piel para adentro mandan ellos y nadie más

La Razón (Edición Impresa) / Ricardo Bajo Herreras

00:10 / 14 de mayo de 2014

Lo mejor de tener tatuajes es contar las historias que hay detrás de ellos. Y que los otros te cuenten las suyas. Decía el poeta y filósofo francés Paul Valéry que “nada hay más profundo que la piel”, y tenía razón. Cuando uno se tatúa, pasan meses para elegir el motivo, años para decidirse y minutos para caminar hasta tu estudio favorito (el mío es Heiwa, de Miyu y Ken, dos capos, a los pies del Montículo de Sopocachi).

Las personas entintamos nuestra piel desde hace más de 5.000 años. Y aunque el origen del tatuaje nos remite (incluso etimológicamente) a los pueblos originarios de Oceanía, recientemente nos hemos enterado que nuestras culturas tiwanakotas y moxeñas también marcaban su epidermis para contar historias, para sus rituales sagrados. Y seguramente lo hacían como en Samoa, usando huesos y conchas cortadas en dientes afilados para penetrar la piel y hacerse “marcas” (tatau, la palabra samoana de marca).

Hace unos años, tatuarse era de maleantes, marineros, prostitutas y cosas “piores”; y hoy todavía hay gentes retrógadas que te miran feo. Obviamente, todos estos cuates no se han enterado ni se enterarán que el famoso Museo Quai Branly de París dedica estos días una magna exposición sobre los tatuajes de todos los tiempos (hasta octubre de 2015) con más de 300 objetos, incluyendo fotografías, herramientas, cráneos, estatuas e incluso trozos de piel humana.

Y sí, el tatú está de moda y estoy seguro que el boludo de turno se hará uno porque Tinelli tiene hartos. Ya pasó hace años cuando Beckham era el futbolista de moda. No tienes ni idea sobre las respetuosas personalidades tatuadas: Samantha Cameron, la esposa del ex primer ministro británico, tiene un delfín justo por debajo del tobillo, y la madre de Winston Churchill, Jennie, se tatuó una serpiente en su muñeca. Y se estima que el 20% de los jóvenes franceses y casi el 25% de los jóvenes estadounidenses tienen tatuajes. En Bolivia, la “inmensa minoría” crece y crece; los changos y changas se meten tinta en su epidermis porque de la piel para adentro mandan ellos y nadie más.

Muchos le tienen miedo al tatuaje porque les han contado que duele y que las sesiones son largas. La primera está dejando poco a poco de ser verdad gracias a la tecnología de las nuevas máquinas, y la segunda nos remite y conecta con el arte verdadero. ¿Sabes cuánto tiempo le llevó a Da Vinci pintar la Gioconda o Mona Lisa? Cuatro años. El tatuaje es un “arte lento”, la paciencia artesanal contra las prisas de una sociedad que lo quiere todo y ahora; siempre a la rápida. Así, cuanto menos tiempo tengas, más debes hacer una pausa y detenerte: para tomar un café o una chela con un amigo, para pasear sin reloj ni celular, para huevear sin producir o para hacerte por horas ese tatuaje que hace años te habías prometido. Por ejemplo, esa tortuga que para los marineros de la Royal Navy significaba que habían cruzado el Ecuador.

O “cualquier” otra cosa para personificar tu cuerpo, el nuevo “medio”, para marcarte por decisión propia, quizás la única decisión que tomes por ti mismo, pues nadie nos preguntó por la fecha de nacimiento o por el nombre que eligieron por nosotros nuestros padres. Ni siquiera eliges tus cicatrices, así que decídete por un tatuaje para mostrar o para esconderlo. Hace seis años que no me tatuó y por el estudio sopocachense de Heiwa me extrañan. Mi último tatuaje fue una vieja obsesión con reminiscencias “olímpicas”: una pantera negra en honor al legendario movimiento de los Black Panthers en Estados Unidos, en homenaje a esos dos gigantes que protagonizaron el podio más polémico en unos juegos olímpicos: Tommie Smith y John Carlos, escuchando el himno gringo, puño en alto, guante de cuero negro, cabeza gacha por los caídos. Lo mejor de tener tatuajes es contar las historias que hay detrás de ellos.

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