Columnistas

Seis poetas de Tarija

Tarija es por antonomasia tierra de poetas. Así lo demuestra, una vez más, la antología ‘Voces al aire’

La Razón (Edición Impresa) / Homero Carvalho Oliva

00:00 / 09 de abril de 2015

Tarija es por antonomasia tierra de poetas. Así lo demuestra, una vez más, la antología Voces al aire, poetas de Tarija, compilada por Hugo Amicone, publicada el año pasado por la Casa de la Cultura y por 2tipos, sueños editoriales. En la selección figuran Roberto Echazú Navajas, Jesús Urzagasti, Jorge Campero, Marcelo Arduz Ruiz, Julio Barriga y Édgar Ávila Echazú, en ese orden; y se trata, sin duda alguna, de algunos de los mejores poetas de ese departamento.

El antologador abre el breve prólogo con una certera cita de Jesús Urzagasti: “Solo el colonizado pretenderá acceder a lo universal sin reconocer la jerarquía de su propio territorio”, que pertenece a la novela Un verano con Marina Sangabriel.  Luego viene una estrofa de Roberto Echazú Navajas: “Aman esta tierra, / y se mecen en el aire/ como un extraño/ augurio/ que sortea la muerte”: Amicone dice: “Roberto habla de los árboles. Pero, ¿habla de algo más? Percibo en su bellísimo poema un pequeño bosque de árboles de pie: poetas sorteando la muerte desde su palabra. Veo distintos follajes lanzando sus voces al aire, al mundo, desde sus raíces, escribiendo cerca de esta tierra, o desde muy lejos de ella, pero todos revelando profundas convicciones poéticas, literarias, lecturas amplias, aire traído desde otros aires hacia sus propios molinos” y luego escribe pequeñas valoraciones acerca de cada uno de los seis poetas.

Tuve la suerte de haber sido y de ser amigo de todos ellos. Con Roberto, hombre bueno como su propia poesía, leímos juntos en varias ciudades de Bolivia, así como en Santiago de Chile, en un inolvidable encuentro de escritores allá por el año 1995. A Jesús lo conocí en La Paz en la década de los ochenta, misterioso, profundo, gustaba de tomar singani puro con mate en su estudio al final de la avenida 6 de Agosto; nos reconocimos de la provincia y eso nos hermanó. A Jorge Campero lo conocí también en La Paz en la década de los ochenta, cuando él vivía en una buhardilla por la calle México y escribía su Árbol eventual; todavía nos vemos cuando viajo a la ciudad del Illimani. Con Marcelo Arduz nos une una amistad entrañable, cultivada durante muchos años, y aunque nos veíamos muy seguido, cuando lo hacíamos era una celebración. Hombre culto y sencillo, Marcelo es una especie de místico de la poesía y fanático seguidor de Eugen Gomrimger, el creador de la poesía concreta.

Julio Barriga es el poeta errante, nunca está en un sitio, siempre está de paso, incluso por la vida. A Julio también lo conocí en La Paz junto a otros poetas y siempre me pareció un poeta auténtico, sin poses ni payasadas. El azar, que es otro de los nombres de Dios, quiso que conociera a Édgar Ávila Echazú cuando yo era director de la Biblioteca del Congreso, un hermoso lugar del que nunca debí haber salido. Édgar no solamente es un poeta mayor, es un intelectual completo, escribe novelas, historia e investigación literaria. Esta antología, que trae fotografías de los lugares preferidos de los poetas seleccionados, es un lindo homenaje a cada uno de ellos.         

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